No hay espacio suficiente para hablar de esta ciudad a la que odio amablemente desde hace treinta años. El hacinamiento, las condiciones de vida espantosas, la miseria de la gente, los horrores de la calle, los olores y la vida a la intemperie, sin el conocimiento de que hay intimidad en algunos momentos de la vida, me repelen. Pero no puedo dejar de mirar.
Bombay (me gusta más que el Mumbai de los mapas) es un infierno en medio de la tierra. La gente acude a la ciudad buscando el futuro y se encuentran con el infinito. Hasta en eso son exagerados.
Nuestro hotel (?) está en el centro de la ciudad, frente al Hospital central, donde las personas que aguardan resultados médicos de seres propios, se hacinan en las aceras, bajo trozos de plásticos que arrancan de las obras de diseño cibernético que se están haciendo en los alrededores: edificios de más de treinta plantas recubiertos de cristal que reverbera la luz y fríe los ojos a los que se les ocurre mirar hacia arriba. Inocentes los mirones hacia el cielo, que se dejan los pies enterrados en los excrementos del buey de turno que pasta apaciblemente en medio de la calle, mientras se come los plátanos que un anciano con aspecto estropajoso y a punto de dejar de existir pretendía vender.
Las calles se retuercen sobre sí mismas. La gente de forma incontrolada las ocupa a toda velocidad, y cuando el cansancio rinde el arrastrar de carros cargados con más de quinientos kilos, se tumban sobre los fardos sin importar el lugar, ni la esquina, ni el cruce. La vida se detiene porque el que transporta tiene derecho a respirar.
Bombay exaspera y ellos lo saben.
Cualquier lugar es bueno para cruzar una mirada con el que pasa. Sonríen casi siempre, aunque la cabeza esté ocupada por un cesto, un turbante, o vayan de conversación con el móvil, que se ha transformado en la plaga de India. Se cambiaron las bicicletas por motos y la charla por el móvil. Ya no acosan, ya no piden dinero en la calle, ya no exigen piedad: hablan por el móvil.
Tenemos un chófer que se llama Parkash. Es de Kathmandú. Lleva 10 años en Bombay y lo conoce como nadie, pero Cristina piensa que no conduce como ella lo haría en Bombay. Alucino. Le pide que no llame por teléfono, que no vaya lento, que no vaya rápido, que no se meta por agujeros, que no corra, que no adelante, que adelante... el hombre está loco porque ya contesta en tres idiomas al tiempo, y me mira con asombro a través del retrovisor. Menos mal que con 200 rs. día, se soluciona la cosa.
Yo me niego a conducir, se lo he dicho. Nunca he sentido la necesidad de llevar la contraria a la humanidad yendo por el otro lado. Creo que debe ser ella la que coja el coche, porque al fin y al cabo se educó en Inglaterra y esta inmundicia y esta desazón le son más familiares. Digo yo.
Luego sigo.
Bombay (me gusta más que el Mumbai de los mapas) es un infierno en medio de la tierra. La gente acude a la ciudad buscando el futuro y se encuentran con el infinito. Hasta en eso son exagerados.
Nuestro hotel (?) está en el centro de la ciudad, frente al Hospital central, donde las personas que aguardan resultados médicos de seres propios, se hacinan en las aceras, bajo trozos de plásticos que arrancan de las obras de diseño cibernético que se están haciendo en los alrededores: edificios de más de treinta plantas recubiertos de cristal que reverbera la luz y fríe los ojos a los que se les ocurre mirar hacia arriba. Inocentes los mirones hacia el cielo, que se dejan los pies enterrados en los excrementos del buey de turno que pasta apaciblemente en medio de la calle, mientras se come los plátanos que un anciano con aspecto estropajoso y a punto de dejar de existir pretendía vender.
Las calles se retuercen sobre sí mismas. La gente de forma incontrolada las ocupa a toda velocidad, y cuando el cansancio rinde el arrastrar de carros cargados con más de quinientos kilos, se tumban sobre los fardos sin importar el lugar, ni la esquina, ni el cruce. La vida se detiene porque el que transporta tiene derecho a respirar.
Bombay exaspera y ellos lo saben.
Cualquier lugar es bueno para cruzar una mirada con el que pasa. Sonríen casi siempre, aunque la cabeza esté ocupada por un cesto, un turbante, o vayan de conversación con el móvil, que se ha transformado en la plaga de India. Se cambiaron las bicicletas por motos y la charla por el móvil. Ya no acosan, ya no piden dinero en la calle, ya no exigen piedad: hablan por el móvil.
Tenemos un chófer que se llama Parkash. Es de Kathmandú. Lleva 10 años en Bombay y lo conoce como nadie, pero Cristina piensa que no conduce como ella lo haría en Bombay. Alucino. Le pide que no llame por teléfono, que no vaya lento, que no vaya rápido, que no se meta por agujeros, que no corra, que no adelante, que adelante... el hombre está loco porque ya contesta en tres idiomas al tiempo, y me mira con asombro a través del retrovisor. Menos mal que con 200 rs. día, se soluciona la cosa.
Yo me niego a conducir, se lo he dicho. Nunca he sentido la necesidad de llevar la contraria a la humanidad yendo por el otro lado. Creo que debe ser ella la que coja el coche, porque al fin y al cabo se educó en Inglaterra y esta inmundicia y esta desazón le son más familiares. Digo yo.
Luego sigo.
Precioso, que suerte estar alli, me encantaria.... Es una gran experiencia vital no un viaje culquiera. India es India. Disfruta todo lo que te dejen.... Mientras aqui te seguimos con entusiasmo los tres...
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