sábado, 15 de octubre de 2011

JAIPUR Y EL SENTIDO DEL TIEMPO



Hemos estado en la "ciudad rosa" cinco días. Han sido agotadores, pero he visto tantas cosas raras, tantas cuevas de Alí Babá , que aún no lo puedo creer.
El hotel, recomendable al 100% a todos los que quieran ir a Jaipur y no gastar más de lo necesario, se llama Mandawa Haveli. Adosado a la muralla antigua de la ciudad hacia el exterior, es una residencia familiar construida en 1881 por algún arquitecto que figura escrito en sus muros, y resultó ser la vivienda de una familia de mucho postín de
la zona, cuyo cabeza alcanzó el rango de Rajá, con lo que no llegó a Maharajá, que es lo más.
El sujeto en cuestión vive, y lo hace conservado en alcohol.
Nosotras dos (y es entre otras muchas cosas por lo que nos soportamos viajando), padecemos de una enfermedad que se llama "horarios deslizantes" (diagnóstico de mi hermana Inmaculada). En román paladino viene a significar que hacemos lo que nos da la gana, cuando queremos.
Cuando los turistas están viendo las maravillas que les enseñan los guías y aprenden de los hábitos sexuales de los señores de los fortines, que es lo que los guías enseñan habitualmente, mientras ellos se informan, nosotras permanecemos en el hotel leyendo el periódico o decidiendo qué va a ser de nuestra mañana.
Los asistentes y camareros (por cientos a nuestro alrededor) se enfurecen y llaman a la habitación diciendo que somos las últimas para el desayuno y que lo quitan. Me pregunto si al primero le han puesto una medalla de las del Rajá o si nos van a condenar a pena de fregar el suelo (que falta le hace) por llegar las últimas. En fin, un despropósito que resulta llevadero porque al final por cien rupias matan, y esperan con los huevos scramble.
Una noche, cuando volvimos de las cuevas de Alí Babá, nos sentamos en el jardín a tratar de respirar. Se nos fue el tiempo, y los turistas del día siguiente se acostaron, cerraron la cocina y empezaron a merodear a nuestro alrededor los mismos de siempre. El dueño del hotel se sentó frente a nosotras y bebió algo que, al paso del tiempo le afectó y cuando se levantó para marcharse, se cayó al suelo como un trapito, pero lo más asombroso es que los empleados ni se inmutaron. Se llamaron los unos a los otros y el que estaba disfrazado de policía a la entrada y se tiraba a los pies del señor del castillo cuando entraba, se hizo con los despojos y los metió detrás de la recepción en un camastro, hasta la mañana siguiente.
Cristina suspiró hondo y dijo:" ¡ qué pena, tanto ¿para qué?! Menudo problema tienen. ¿Tú crees que podríamos ayudarle?." Menos mal que era de noche cerrada y me limité a levantarme diciendo que hacía frío, mientras por la espalda me circulaba agua a raudales.


1 comentario:

  1. Precioso ese Jaipur externo y rosa y al parecer mas el Jaipur profundo que visitais. Una delicia de experiencia, una gozada....

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