jueves, 6 de octubre de 2011

DELHI (I) - Alucino con el aeropuerto

Hace treinta años llegué a Delhi por primera vez, a un aeropuerto lleno de pájaros y gente que trepaba a los lados de la puerta de salida por rejas blancas, y más arriba aún por redes que habían tensado para que no superaran las barreras metálicas en busca de ayuda de los que llegaban, se suponía como salvación de una muerte segura por hambre.
Estuve también hace trece años, y algo había mejorado, pero lo de anteayer fue impresionante. El aeropuerto de vuelos nacionales de Delhi sobrecoge. Limpieza, diseño, silencio, alfombrado de arriba abajo, mecanizado, comunicado, iluminado, decorado... no paraba de girar la cabeza. Es alucinante, todo lo que se diga poco.
Aquí me planteo cómo es posible que pensemos los europeos, americanos y etc del supuesto primer mundo que venimos a ayudar, si nuestros gobiernos están pidiendo dinero a los indios y chinos. Después de ver este aeropuerto (de verdad increíble), ¿a qué jugamos entre todos?
Eso sí, nada más poner el pie en el exterior, empezaron los problemas porque los taxistas no estaban, los que querían llevarnos parecía que lo hacían en sillas papales, vistos los precios, la policía miraba para otro lado, un calor de morir y por fin un taxi furgonetilla que nos lleva mientras el taxista canta y se equivoca de carretera. Vuelvas y más vueltas hasta llegar al hotel.
El supuesto hotel era (es) una mugre. Tratamos de cambiar las sábanas varias veces, las toallas ni se cuenta, y no podíamos tocar nada sin quedarnos pegadas al asunto. Eso sí, está magníficamente comunicado con todo Delhi, pero como había trabajo pendiente, pasamos el día en medio de esa porquería, que sólo tenía como ventaja que nos dejaron el periódico en la puerta a las 7 de la mañana.
Lo más asombroso es el señorío con lo que dos exquisitas nos tomamos las cosas. Nos pensamos si abrir o no la puerta del balcón de la habitación, porque las palomas anidan sobre el aire acondicionado, si correr o no las cortinas por miedo a un ataque de asma de Cristina, o entrar en el espacio dedicado a que caiga el agua sobre la cabeza con o sin chanclas. (Nunca sin chanclas)
De noche ya sompramos el pincho para el ordenador que ahora me permite escribir. Una locura, una batalla, pero conseguimos que nos atendiera un empleado tartamudo y resolvió tanto inconveniente como ponían.
Una conocida de Cristina, adorable Cordelia, nos llevó a cenar a un restaurante estupendo que recomiendo al que pasee por Delhi (Azzahar), y de allí, al fin del día.

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