martes, 11 de octubre de 2011

AGRA - JAIPUR

Viaje en coche, con un conductor que se llama Verma y que ha sido recomendado por mi amigo Vinay. No es una carretera fácil, aunque él dice que es estupenda. Cristina susurra a cada momento suspiros más que profundos cuando un carro se atraviesa, una moto se lanza entre dos autobuses o el chófer frena como si no hubiera hecho otra cosa durante toda su vida.
El espectáculo de la vida que se extiende a ambos lados de la ruta es inenarrable. Toda suerte de tugurios pueblan las laderas de la supuesta autovía, y aún no están acostumbrados a circular en dos sentidos distintos. No. Cada uno va por donde quiere y el caos resulta infinitesimal. No hay casi accidentes para lo que podría pasar, pero como Verma dice: "es India".
Cualquiera de las cosas que crecen como setas en la carretera piensa Cristina que es un negocio total. Hay que montar uno de sillas de paja. Hay que llevarse toda la alfarería. No podemos dejar aquí esas maravillosas escaleras de bambú... y yo me veo como una desgraciada, haciéndole caso y transportando envuelta en un sari (como si fuera una momia), lo que ella diga, en medio de discusiones que no tienen fin con los que administran la vida de este país. Sola me tranquilizo pensando que ya he cambiado bastante de vida, y escribo para descansar del desasosiego que me produce el ímpetu constante de quien no s
abe relajarse.
Entramos en Jaipur. La ciudad rosa. No es rosa, es color terracota, pero se pintó así porque la Reina Victoria de Inglaterra la visitó y como le gustaba el rosa, pues la ciudad entera de rosa. ¡Eso es ser Reina, y no lo de ahora!
Jaipur tiene dos ciudades. Una que se ha quedado dentro de la muralla, que es la que me gusta: caótica, sucia, impenitente con el comercio, y dicen que el paraíso de las compras, pero claro está que cada uno tiene su propio paraíso y muchos no coinciden con este precisamente.
La otra, es la ciudad nueva, que se les está quedando vieja. Aquí se ven cosas extraordinarias: inmensas fábricas de todo escondidas en tugurios infectos. Cientos de hombres y mujeres trabajando en las cosas más insólitas. Los almacenes de Alí Babá que aparecen por doquier, y una pelea sin fin con los precios, que están por las nubes. Son listos. Saben que entiendo un poco de hindi y no quieren negociar conmigo, pero se las ven cara a cara con Cristina, que de repente deja de verlos y si no le dan el precio convenido, ahí se quedan sin más. Yo voy detrás y me despido correctamente, mientras ellos siguen con la boca abierta.

1 comentario:

  1. Envidieja, enviidieja sana .... Quiero estar alli, ahora. Que tal comeis?. Donde estais durmiendo?

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