jueves, 17 de noviembre de 2011
miércoles, 2 de noviembre de 2011
ELECTRICIDAD ( o algo así)







Ahora, que alguien me diga si hay o no luz en La India. ¿Que los métodos no son los apropiados? Desde luego que no. ¿Que el peligro lo invade todo? Por supuesto, ¿que el riesgo que corren es enorme? Pues claro que sí, pero el ingenio, la desidia, el desastre, y la locura generalizada compiten con la modernidad, el desarrollo y el salto a una nueva vida como pueden.
Los cables de la luz son tendederos, soportes de anuncios, muestrarios de plátanos... lo que se quiera. Además proporcionan luz tenue a las calles, cobijo a los pájaros y camino a los monos. Todo vale. El aspecto es lo de menos para ellos. Lo importante es que sirven (eso no lo parece), pero en medio del caos más terrible, de repente se enciende una luz y ahí está el que hace llaves de coches en seis minutos y por 40 rupias. Sin luz, nada de todo esto sería posible.
LAS APARIENCIAS

Una de las cosas que más trabajo cuesta aceptar de La India es aprender a ver lo que no está ante los ojos.
En el interior del mundo abigarrado que son las calles y edificios, que ahora han crecido de forma desmesurada, hay un submundo en el que la creación forma parte de la vida, y los hormigueros humanos son reales.
Miles de personas se hacinan bajo el nivel del suelo y ahí venden, trabajan, sufren, duermen, sueñan y pasan un día tras otro sin ver el sol e interpretándolo como pueden manejando hilos de oro, piedras semipreciosas, metales carísimos, y haciéndonos creer a los de fuera que están viendo lo que crean. La realidad es que lo que cae en nuestras manos es producto de sueños de ser ricos, ver la luz y hablar con las estrellas. Dehi cumple 100 años como capital del estado, y dicen que tiene que ser verde y hermosa. Lo es, pero no se ve.
La polución invade el espacio y esos ejércitos de seres que caminan con dirección fija hacia el fondo de la tierra, no tienen tiempo para mirar el cielo. Tampoco lo verían. Los 22 millones de habitantes de la ciudad tienen bastante con mirar al suelo, por si algo aparece y lo que sube al cielo, es cosa de otro día. La sensación de empanada, de pasta de sentimientos, de no entender nada de lo que pasa alrededor, se acrecienta con los días. Frente a espectaculares hoteles se hacinan hambrientos que esperan a vaciar los cubos de la basura, gente que pelea por un saco de plástico o el que mata por una manzana que no está podrida del todo. Harapientos, abandonados a su suerte, enfermos, maltrechos y envenenados de odio, porque cuando miran hacia arriba, resulta que hay un mundo distinto al que ellos no tienen derecho, y no saben la razón. Olores putrefactos, suciedad por todas partes, calles que terminan de repente en un barrizal infecto, y diez minutos en rickshaw más allá, el espectacular campo de golf de Delhi, al que han iluminado con setas de lámparas de led que hacen de la noche el día. El zarrapastroso que arrastra un saco lleno de papeles sucios, mira desde lejos y piensa que ese no es su mundo. Yo, que miraba al desgraciado, pensé que tampoco era el mío, pero estaba más cerca de ese mundo que ese otro de cloacas.
Las apariencias no sirven para nada en Delhi. El pobre es más rico, el rico no sabe que existen los pobres, los sótanos están invadidos de gente, la calle es sólo para los coches, las motos han desplazado a las bicicletas y el ayuntamiento alquila bicis para que la gente vuelva a usarlas.
Nada es lo que parece. Incluso el blanco de mi camisa ha dejado de serlo a cambio de un gris indefinido, el negro de los pantalones es pardo, y todo huele a curry. Delhi todo lo cambia.
martes, 25 de octubre de 2011
DELHI, la vieja y la nueva.

Este año cumple 100 como capital de India. Han tirado la casa por la ventana y Delhi está hermosa. Desde el jardín más cuidado hasta el bazar más escondido, Delhi ofrece sorpresas imposibles de descubrir en una estancia, por larga que parezca.
Los periódicos, hermosos ejemplares de prensa centenaria actualizados a fuerza de comportamientos indeseables de sus políticos, la discusión por la libertad de expresión o la autorregulación de los periodistas, estos preciosos periódicos publican fotografías de cuando la ciudad era un barrizal en el que sólo los rickshaw a pedales permitían a la gente circular por los espacios no invadidos por

elefantes o cabras. Hoy está llena de zonas ajardinadas invadidas por personajes que deciden vivir sólo bajo el turbante, o familias que hacen de la limosna su medio de existencia. En la parte nueva han desaparecido los pedigüeños, y en la zona vieja, no hay sitio para darse cuenta de quién pide, o de quién ofrece, porque los aspectos se confunden, y ahora te sigue de cerca el que da y el que pide. Dicen los periódicos que tiene 21,7 millones de habitantes, y que es la más poblada de India. Creo que tienen razón, porque la gente sale por todas partes, y si me da por anotar lo que se gasta uno en propinas, se me acaba la tinta del bolígrafo.
De todos modos, en medio de esta modernidad amable que ofrece la ciudad, sigue existiendo el amor a la tradición, y un abogado preso de nervios ha ofrecido su babero de profesional enlazado a un billete de diez rupias y lo ha clavado a un baobab, el árbol sagrado por excelencia, que crece en medio del mercado más conocido por los extranjeros: Khan Market.
Mañana es Diwali, el festival más grande de India, el año nuevo para todos, y la calle está adornada con luces pobretonas, porque las ponen los comerciantes. Será explosivo y emocionante, como todo lo que organizan, además de endulzado con su pasión favorita: los pasteles y muñecos de azúcar. Sólo quedan los fuegos artificiales por explotar.
Veremos si mañana es una buena idea salir a la calle.
lunes, 24 de octubre de 2011
A LOS INDIOS LES PICAN LOS

COJONES. Siento la grosería, pero es la verdad. Resulta casi insufrible ver en todo momento el manoseo de las partes ingratas, sin reparo alguno.
Ahora, el gobierno indio pide que no haga pis en la calle. Da lo mismo. Todos a lo suyo, que es ponerse frente a la tapia y darle alivio a la vejiga. Las mujeres desconozco qué hacen, pero imagino que poco más o menos lo mismo.
Esa escena de andarse rascando el policía mientras te indica en qué dirección has de encaminarte, el del dependiente que saca telas del estante con una mano, mientras con la otra comprueba que sus cositas siguen ahí; el del taxista que con una mano te da el cambio y con la otra cuenta o mide lo que le arrastra; el camarero que se frota con fruición; el ciclista del rickshaw que parece que no tiene bastante con el roce del sillín; el santón que con una mano se toca la frente y con la otra la entrepierna... en fin, que todo tiene como remate el manoseo de sus partes.
Lo peor es el descaro. No hay intimidad, ni les importa nada que mires, que estés delante o que hablen contigo. Parece que el picor, escozor, dolores, frescores, incontinencia o lo que sea que pasa por entre los pliegues del cuerpo masculino es algo de dominio público.
No hay nada fuera de la visión ajena. Todo ocurre en la calle, y hasta las ratas se dejan fotografiar sin miedo.
Ah!, eso sí. El que no se manosea escupe en el rincón. En fin, el glamour de La India, un poco embarrado.
Mañana saldrá el sol, al otro lado de la nube de polución que no nos deja ver el sol.
Día feliz!
sábado, 22 de octubre de 2011
ANTES DE TODO LO QUE SIGUE.

He pasado por alto un viaje absurdo a Pushkar. Muchas prisas para llegar, paseo al atardecer después de haber perdido el aliento tratando de organizar un nuevo negocio a pie de camino, y paseo entre gente de esa que todos pensamos que hay en India: santones, yoguis, camellos, caballos, monos ladrones y pájaros exóticos.
Pushkar está como siempre, pero con más tiendas y el lago prácticamente rodeado de cafeterías que miran todas al centro, sin saber muy bien si en el último momento va a aparecer el monstruo del lago. Todo comercializado y pensado para la meditación de cómo hacer dinero a costa de los demás, pero es pequeño y recogido, y viniendo de las grandes urbes de India, es una especie de reposo en el jardín del guerrero.
Nos habríamos quedado a no ser por la Feria de artesanía de Delhi, pero los mosquitos y el absurdo aire acondicionado, nos dejó a pie de obra: fuera de Pushkar y en medio de estornudos y toses que nos provocan más gimnasia de cintura que alivio. Nada mortal, pero agota.
Lo de la Feria de Artesanía, inenarrable: todo interesa y no hay forma de decidir qué comprar. Venga a tomar té y café por cuenta de los vendedores, y así el sueño perdido entre facturas y cafeínas. Delhi revive por la noche, los trenes hacen sonar los pitos cuando entran en la ciudad, y se oyen desde el infinito. Los imanes les hacen la competencia, y mientras tanto, los periódicos cuentan cómo fotografían a Gadaffi inerte. Delicadeza en el tratamiento del cadáver, y mucho ejército en la calle, porque no se fía nadie de los de enfrente.
Todo un lío, mezclado y absurdo. Se acerca Diwali, el año nuevo para India que es el día 26. Todo son puestos de regalos, flores, velas olorosas, dioses de colorines, nuevos saris y nada que parezca angustioso. Es un placer pasear por las calles saltando charcos de agua sucia empapados en papel de periódico y platos de comida sin terminar, porque la alegría es generalizada. Diwali, sólo un día de fiesta, se celebra con cohetes, dulces y frutos secos. Lo pasaremos en Delhi, y mientras tanto, seguiremos pateando los lugares más insólitos para buscar bolsas en las que poner lo que unos regalarán a otros en España.
Mundo entrecruzado y hermoso, que no me cansa.
martes, 18 de octubre de 2011
TRANSPORTE (y 2)

No acabo de reconciliarme con la desaparición prácticamente total de las bicicletas en India. Es verdad que en las poblaciones más pequeñas siguen existiendo en cantidad, sobre todo siguen funcionando los ricksaw, pero en las ciudades la moto ha tomado la calle. Miles, cientos de miles circulan con los más extraños artilugios sobre la cabeza de los conductores. Se llevan la palma los sijs, que sobre el turbante se colocan gafas, pañuelo para la nariz y demás apósitos, como si con eso fueran a salvar la vida después del trastazo.
Pero lo más emocionante fue la escena de arriba: padre y sus seis hijos en la motocicleta. Sonrientes, encantados de verse fotografiados, y seguros de llegar a clase a primera hora.
Tras ellos el tipo que lleva los caramelos de azúcar en la bici, apilados como si fueran de piedra, o las mujeres adornadas con todo tipo de joyas y hacinadas en el carromato camino del mercado del martes en Jaipur, tuc-tuc con un hombre sentado que lleva en brazos a su motocicleta al taller, autobús rebosando gente desde la baca a las ventanillas, el que duerme sobre los ingentes montones de paja que lleva un carro arrastrado por elefantes...
En fin, la vida que pasa a todo trapo, mientras el chófer sólo pensaba en llegar a casa y ver cómo su mujer se había pintado las manos con henna. Le regalé flores para ella, y, efectivamente, a las 7 de la tarde, después de 12 horas de viaje, entraba en el hotel de Delhi.
Puntualidad británica y casi todos contentos.,
ELTRANSPORTE (MAS O MENOS) Capítulo 1

Hice un viaje de 12 horas (327 kilómetros) en coche desde Pushkar a Delhi. El mismo conductor de los mismos días, Verma, que se sintió crecido ante la soledad que le proporcionaba el silencio de la pasajera y que nadie le pedía que pusiera o quitara el aire acondicionado. Se paraba donde le daba la gana y me aseguró que a las 7 de la tarde estábamos en Delhi porque él tenía que estar con su mujer al día siguiente. La carretera es inenarrable. Después de 37 años sigue igual, ahora con dos carriles de ir y venir todos por el mismo sitio, los mismos socavones, el mismo riesgo y la circulación infernal de camiones cargados con piedras imposibles de describir, animales de todo tipo, pick ups cargados hasta los topes de gente, y ese ir y venir en direcciones opuestas que te hacen sudar sangre.
Desde luego el claxon es imprescindible. Todo es un pitar desaforado, y las maniobras más increíbles se solucionan a golpe de bocinazos.
En medio de ese caos, en el que los camiones se alinearon a la izquierda durante más de 70 kilómetros, pensé que era una nueva forma de hacer carreteras en un pis pás. Se ponen todos en fila, y a la voz de ¡ya! tiran las arenas, piedras, gravas, asfaltos y demás asuntos y en un grito se han fabricado 70 kilómetros de carretera. Se me antoja una gran idea, porque no entiendo cómo en una autovía (?) puede haber camiones uno detrás de otro durante 70 kms.
Luego viene la fauna. Aparecen camellos, y al poco rato caballos, y todo empieza a parecerme normal.
Pero lo mejor es cuando aparece la gente. Esa gente que mira, ríe, y pide que le hagas una foto desde el coche. De esos, no sabría a quién elegir, y como casi todos los que pasan por tu vida, fueron una ráfaga y, a excepción de algunos, los demás se quedaron en la cámara como un golpe de viento.
sábado, 15 de octubre de 2011
DE LA REENCARNACIÓN Y OTRAS MENUDENCIAS

Estuve casi brillante haciendo la maleta y me traje al viaje un par de chanclas de las que regalan en los spa. No pesan, son de goma negra, y parece que se alteran poco.
Han sido la salvación para las duchas indias, esas en las que el cuarto de baño no tiene principio ni fin, existe siempre un cubo de agua con otro dentro, y una pequeña manguera de la que sale agua a chorro para asearse sálvese la parte correspondiente.
Las chanclas han resultado ser arma compartida imprescindible para no matarnos al circular por los cuartos de baño, que se empapan de arriba abajo, dado que la ingeniería, la arquitectura de interiores, o el cuidado por las cosas, aquí aún no tiene el merecido respeto.
A ellos creo que les importa poco. Como andan descalzos los pies se agarran firmemente al paramento y no resbalan.
Teniendo en cuenta que aquí todo merece el más sagrado de los respetos, las chanclas se me han antojado elemento de devoción, pero les he cogido miedo.
Me dio por pensar en su reencarnación futura, y he creído que la cosa se me podría volver en contra si decido conservarlas en gracia después del uso. Una posible reencarnación en un ser superior después de haber prestado los servicios correspondientes, me arruinarían la vida, porque si por ejemplo se reencarnan en Manolo's, ¿qué hago yo con tacones por La India?
JAIPUR Y EL SENTIDO DEL TIEMPO

Hemos estado en la "ciudad rosa" cinco días. Han sido agotadores, pero he visto tantas cosas raras, tantas cuevas de Alí Babá , que aún no lo puedo creer.
El hotel, recomendable al 100% a todos los que quieran ir a Jaipur y no gastar más de lo necesario, se llama Mandawa Haveli. Adosado a la muralla antigua de la ciudad hacia el exterior, es una residencia familiar construida en 1881 por algún arquitecto que figura escrito en sus muros, y resultó ser la vivienda de una familia de mucho postín de
la zona, cuyo cabeza alcanzó el rango de Rajá, con lo que no llegó a Maharajá, que es lo más.
El sujeto en cuestión vive, y lo hace conservado en alcohol.
Nosotras dos (y es entre otras muchas cosas por lo que nos soportamos viajando), padecemos de una enfermedad que se llama "horarios deslizantes" (diagnóstico de mi hermana Inmaculada). En román paladino viene a significar que hacemos lo que nos da la gana, cuando queremos.
Cuando los turistas están viendo las maravillas que les enseñan los guías y aprenden de los hábitos sexuales de los señores de los fortines, que es lo que los guías enseñan habitualmente, mientras ellos se informan, nosotras permanecemos en el hotel leyendo el periódico o decidiendo qué va a ser de nuestra mañana.Los asistentes y camareros (por cientos a nuestro alrededor) se enfurecen y llaman a la habitación diciendo que somos las últimas para el desayuno y que lo quitan. Me pregunto si al primero le han puesto una medalla de las del Rajá o si nos van a condenar a pena de fregar el suelo (que falta le hace) por llegar las últimas. En fin, un despropósito que resulta llevadero porque al final por cien rupias matan, y esperan con los huevos scramble.
Una noche, cuando volvimos de las cuevas de Alí Babá, nos sentamos en el jardín a tratar de respirar. Se nos fue el tiempo, y los turistas del día siguiente se acostaron, cerraron la cocina y empezaron a merodear a nuestro alrededor los mismos de siempre. El dueño del hotel se sentó frente a nosotras y bebió algo que, al paso del tiempo le afectó y cuando se levantó para marcharse, se cayó al suelo como un trapito, pero lo más asombroso es que los empleados ni se inmutaron. Se llamaron los unos a los otros y el que estaba disfrazado de policía a la entrada y se tiraba a los pies del señor del castillo cuando entraba, se hizo con los despojos y los metió detrás de la recepción en un camastro, hasta la mañana siguiente.
Cristina suspiró hondo y dijo:" ¡ qué pena, tanto ¿para qué?! Menudo problema tienen. ¿Tú crees que podríamos ayudarle?." Menos mal que era de noche cerrada y me limité a levantarme diciendo que hacía frío, mientras por la espalda me circulaba agua a raudales.
martes, 11 de octubre de 2011
AGRA - JAIPUR
Viaje en coche, con un conductor que se llama Verma y que ha sido recomendado por mi amigo Vinay. No es una carretera fácil, aunque él dice que es estupenda. Cristina susurra a cada momento suspiros más que profundos cuando un carro se atraviesa, una moto se lanza entre dos autobuses o el chófer frena como si no hubiera hecho otra cosa durante toda su vida.
El espectáculo de la vida que se extiende a ambos lados de la ruta es inenarrable. Toda suerte de tugurios pueblan las laderas de la supuesta autovía, y aún no están acostumbrados a circular en dos sentidos distintos. No. Cada uno va por donde quiere y el caos resulta infinitesimal. No hay casi accidentes para lo que podría pasar, pero como Verma dice: "es India".
Cualquiera de las cosas que crecen como setas en la carretera piensa Cristina que es un negocio total. Hay que montar uno de sillas de paja. Hay que llevarse toda la alfarería. No podemos dejar aquí esas maravillosas escaleras de bambú... y yo me veo como una desgraciada, haciéndole caso y transportando envuelta en un sari (como si fuera una momia), lo que ella diga, en medio de discusiones que no tienen fin con los que administran la vida de este país. Sola me tranquilizo pensando que ya he cambiado bastante de vida, y escribo para descansar del desasosiego que me produce el ímpetu constante de quien no s

abe relajarse.
Entramos en Jaipur. La ciudad rosa. No es rosa, es color terracota, pero se pintó así porque la Reina Victoria de Inglaterra la visitó y como le gustaba el rosa, pues la ciudad entera de rosa. ¡Eso es ser Reina, y no lo de ahora!
Jaipur tiene dos ciudades. Una que se ha quedado dentro de la muralla, que es la que me gusta: caótica, sucia, impenitente con el comercio, y dicen que el paraíso de las compras, pero claro está que cada uno tiene su propio paraíso y muchos no coinciden con este precisamente.
La otra, es la ciudad nueva, que se les está quedando vieja. Aquí se ven cosas extraordinarias: inmensas fábricas de todo escondidas en tugurios infectos. Cientos de hombres y mujeres trabajando en las cosas más insólitas. Los almacenes de Alí Babá que aparecen por doquier, y una pelea sin fin con los precios, que están por las nubes. Son listos. Saben que entiendo un poco de hindi y no quieren negociar conmigo, pero se las ven cara a cara con Cristina, que de repente deja de verlos y si no le dan el precio convenido, ahí se quedan sin más. Yo voy detrás y me despido correctamente, mientras ellos siguen con la boca abierta.
lunes, 10 de octubre de 2011
EL TAJ MAHALL

No me voy a escapar sin volver a visitarlo, pero ahora todo se ha transformado en un horror de burocracia asociada a la ley del papanatismo universal: si tú miras, yo miro lo mismo, pero ninguno de los dos sabemos qué es lo que estamos viendo.
El Taj Mahall, esa maravilla universal, permanece incólume a pesar de los millones de visitantes que recibe al año. Señorial, impetuoso, solitario, hermoso, cautivador... se me agotan los adjetivos y todo me parece poco. Podría colgar una fotografía impactante, pero nunca hace honor a la contemplación de esa maravilla, que nunca cambia.
Los visitantes se adentran en sus tripas como si fueran hormigas. Le da lo mismo. Soban sus paredes, intentan llevarse las piedras semipreciosas que pueblan los lienzos de mármol para dejar que la luz se adentre en la oscuridad de la tumba, pero le da lo mismo: ahí sigue.
jueves, 6 de octubre de 2011
DELHI (2) Sigue el asombro
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| Aeropuerto Delhi. Terminal 3. 2011. MMC |
Hemos recurrido al amigo Vinay Maherwari, el propietario de la agencia de viajes International Services, que es un encanto.
Hemos contratado un coche grande para que nos lleven durante seis días a Agra (a ver el Taj Mahall que Cristina no conoce, y a ver a unos proveedores, y luego a Jaipur y Pushkar de turismo raro)
Escribo desde Agra, y hemos llegado en medio de una festolina tremenda.
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| Niña en ricksaw completo. Agra 2011 MMC |
Dicen que mañana no habrá pollo por ninguna parte, y que nosotras tendremos que seguir con la dieta vegetariana, que tan rica está. A mí me toca los pies la comida india, porque todo está condimentado para quitar el sabor a los alimentos, pero peor es acabar quemadita en el Ganges, y como de todo, no sin miedo.
Mañana el Taj Mahall está cerrado, y nos dedicaremos a pasear, a ver, a comprar algo que no esté en el programa, y a hacer la vida imposible al chófer, que es un encanto y que está dispuesto a cualquier cosa, porque su jefe Vinay le ha dicho que nos trate como merecemos, es decir, como dos reinonas.
DELHI (I) - Alucino con el aeropuerto
Hace treinta años llegué a Delhi por primera vez, a un aeropuerto lleno de pájaros y gente que trepaba a los lados de la puerta de salida por rejas blancas, y más arriba aún por redes que habían tensado para que no superaran las barreras metálicas en busca de ayuda de los que llegaban, se suponía como salvación de una muerte segura por hambre.
Estuve también hace trece años, y algo había mejorado, pero lo de anteayer fue impresionante. El aeropuerto de vuelos nacionales de Delhi sobrecoge. Limpieza, diseño, silencio, alfombrado de arriba abajo, mecanizado, comunicado, iluminado, decorado... no paraba de girar la cabeza. Es alucinante, todo lo que se diga poco.
Aquí me planteo cómo es posible que pensemos los europeos, americanos y etc del supuesto primer mundo que venimos a ayudar, si nuestros gobiernos están pidiendo dinero a los indios y chinos. Después de ver este aeropuerto (de verdad increíble), ¿a qué jugamos entre todos?
Eso sí, nada más poner el pie en el exterior, empezaron los problemas porque los taxistas no estaban, los que querían llevarnos parecía que lo hacían en sillas papales, vistos los precios, la policía miraba para otro lado, un calor de morir y por fin un taxi furgonetilla que nos lleva mientras el taxista canta y se equivoca de carretera. Vuelvas y más vueltas hasta llegar al hotel.
El supuesto hotel era (es) una mugre. Tratamos de cambiar las sábanas varias veces, las toallas ni se cuenta, y no podíamos tocar nada sin quedarnos pegadas al asunto. Eso sí, está magníficamente comunicado con todo Delhi, pero como había trabajo pendiente, pasamos el día en medio de esa porquería, que sólo tenía como ventaja que nos dejaron el periódico en la puerta a las 7 de la mañana.
Lo más asombroso es el señorío con lo que dos exquisitas nos tomamos las cosas. Nos pensamos si abrir o no la puerta del balcón de la habitación, porque las palomas anidan sobre el aire acondicionado, si correr o no las cortinas por miedo a un ataque de asma de Cristina, o entrar en el espacio dedicado a que caiga el agua sobre la cabeza con o sin chanclas. (Nunca sin chanclas)
De noche ya sompramos el pincho para el ordenador que ahora me permite escribir. Una locura, una batalla, pero conseguimos que nos atendiera un empleado tartamudo y resolvió tanto inconveniente como ponían.
Una conocida de Cristina, adorable Cordelia, nos llevó a cenar a un restaurante estupendo que recomiendo al que pasee por Delhi (Azzahar), y de allí, al fin del día.
Estuve también hace trece años, y algo había mejorado, pero lo de anteayer fue impresionante. El aeropuerto de vuelos nacionales de Delhi sobrecoge. Limpieza, diseño, silencio, alfombrado de arriba abajo, mecanizado, comunicado, iluminado, decorado... no paraba de girar la cabeza. Es alucinante, todo lo que se diga poco.
Aquí me planteo cómo es posible que pensemos los europeos, americanos y etc del supuesto primer mundo que venimos a ayudar, si nuestros gobiernos están pidiendo dinero a los indios y chinos. Después de ver este aeropuerto (de verdad increíble), ¿a qué jugamos entre todos?
Eso sí, nada más poner el pie en el exterior, empezaron los problemas porque los taxistas no estaban, los que querían llevarnos parecía que lo hacían en sillas papales, vistos los precios, la policía miraba para otro lado, un calor de morir y por fin un taxi furgonetilla que nos lleva mientras el taxista canta y se equivoca de carretera. Vuelvas y más vueltas hasta llegar al hotel.
El supuesto hotel era (es) una mugre. Tratamos de cambiar las sábanas varias veces, las toallas ni se cuenta, y no podíamos tocar nada sin quedarnos pegadas al asunto. Eso sí, está magníficamente comunicado con todo Delhi, pero como había trabajo pendiente, pasamos el día en medio de esa porquería, que sólo tenía como ventaja que nos dejaron el periódico en la puerta a las 7 de la mañana.
Lo más asombroso es el señorío con lo que dos exquisitas nos tomamos las cosas. Nos pensamos si abrir o no la puerta del balcón de la habitación, porque las palomas anidan sobre el aire acondicionado, si correr o no las cortinas por miedo a un ataque de asma de Cristina, o entrar en el espacio dedicado a que caiga el agua sobre la cabeza con o sin chanclas. (Nunca sin chanclas)
De noche ya sompramos el pincho para el ordenador que ahora me permite escribir. Una locura, una batalla, pero conseguimos que nos atendiera un empleado tartamudo y resolvió tanto inconveniente como ponían.
Una conocida de Cristina, adorable Cordelia, nos llevó a cenar a un restaurante estupendo que recomiendo al que pasee por Delhi (Azzahar), y de allí, al fin del día.
domingo, 2 de octubre de 2011
SIGO EN BOMBAY
Nada de lo que parece es real. Imposible si no se dice surrealista, es la vida de la ciudad que a veces, cuando te cruzas con infantes dormidos que parece que van a ser buenos al despertar, vas y te crees que es posible convivir con ellos sin gritar a cada minuto que se estén quietos. Claro, que luego viene la furia, cuando a tu paso aparece la fundamentalista de turno haciendo compras a través del burka. No sé quién es más responsable de la locura que azota a esas mujeres: si ellas por obedecer o ellos por imponer. Yo me liaba a tortas con los dos.
La India en general exige de una atención extrema, pero megalópolis como Bombay son agotadoras. No hay nada que pase desapercibido. La privacidad no existe y se reza en la calle, se lavan culpas a la luz del día, se trabaja en cualquier cosa sin importar qué es lo que te rodea, y del mismo modo que tú miras sin cesar, eres observado por miles de ojos que se preguntan cuál será la posibilidad de conseguir algo de tí a cambio de muy poco de ellos.
6000 años de comercio nos contemplan, e India es el origen de tantas cosas, que nada es baladí.
Bombay está radicalizado. Siempre hay elecciones, siempre hay visitas a templos, siempre hay algo que conmemorar (hoy es el día de Ghandi y han decidido prohibir la bebida de alcohol), pero Bombay está tomado por la policía.
Nada de lo que hay a mi alrededor me es ajeno aunque me cueste mucho comprender, y me haya costado mucho aceptar que todo en este país tiene un precio.
Esta mujer que da de comer al búfalo, al que le ha comprado un kilo de plátanos, lava culpas a la luz del sol. Ahora podrá seguir dedicada a la faena de hacer caridades por la noche, o engañar a quien le parezca durante el día. El buey seguirá tirando del carro y recubriendo, si le dejan, los costillares.
Lo demás, es tarea de Ganesh, el dios elefante que todo lo ve, puede y magnifica.
Menos mal que es de noche y toca dormir.
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| Niños dormidos en la calle. Bombay Octubre 2011 - MMC |
6000 años de comercio nos contemplan, e India es el origen de tantas cosas, que nada es baladí.
Bombay está radicalizado. Siempre hay elecciones, siempre hay visitas a templos, siempre hay algo que conmemorar (hoy es el día de Ghandi y han decidido prohibir la bebida de alcohol), pero Bombay está tomado por la policía.
Nada de lo que hay a mi alrededor me es ajeno aunque me cueste mucho comprender, y me haya costado mucho aceptar que todo en este país tiene un precio.
Esta mujer que da de comer al búfalo, al que le ha comprado un kilo de plátanos, lava culpas a la luz del sol. Ahora podrá seguir dedicada a la faena de hacer caridades por la noche, o engañar a quien le parezca durante el día. El buey seguirá tirando del carro y recubriendo, si le dejan, los costillares.
Lo demás, es tarea de Ganesh, el dios elefante que todo lo ve, puede y magnifica.
Menos mal que es de noche y toca dormir.
Domingo y es tarde por la mañana...
Una semana enloquecedora de compras, citas, encuentros, desencuentros con vendedores abusivos, y sobre todo de cosas inesperadas y horarios que no se cumplen. Creo que necesito unos días más de adaptación a esta locura de encontrar cosas a cada paso, no quedar bien con nadie, dejar todo colgado para luego, hacer trabajar a los demás sin descanso por decisiones pensadas con los pies... pero lo voy a conseguir.
Salimos del hotel a las 12 de la mañana y volvemos a las 12 de la noche, cuando las calles están recogidas y todo limpio. Compruébese la situación del hotel en el siguiente enlace: www.turkomanhotel.com
He visto ese museo que no tiene precio. Roma gloriosa, el asalto a mano armada por parte de alemanes, ingleses, franceses y todos los que piqueta en ristre se pasearon por el Asia Menor y dejaron despojos de lo que encontraron, pero ¡vaya despojos!
Las plañideras del sarcófago de Menelao, el sarcófago de Alejandro Magno, el adolescente, la Venus de Milo (una copia de la época), el tesoro de Troya, galería de retratos de todos los personajes romanos ... un sueño de paseo, adornado con fotografías de lo que hubo y ahora no queda.
Todo ha quedado como arrumbado, como si los mármoles hubieran cogido humedad. Tuve la sensación de pasear por cosas viejas, no en medio de preciosas antigüedades. Falta de mantenimiento, que sorprende.
Escasa tienda de recuerdos. Algún libro de cocina provocadora, pero poco más. Esas tiendas suelen ser fuente de inspiración y quedarse sin verlas es como andar a medio camino entre lo que vemos y lo que otros interpretan de lo allí expuesto. Yo disfrutaría una barbaridad haciendo diseños para museos. Me limito a anotar las ocurrencias en el sempiterno cuaderno de notas, al que los vigilantes adormecidos se acercan constantemente para ver si lo que apunto responde a la realidad, o ellos son los retratados, no ese César de hace dos mil años, Hipatia, o cualquiera de los diosecillos que pueblan las vitrinas.
Salimos del hotel a las 12 de la mañana y volvemos a las 12 de la noche, cuando las calles están recogidas y todo limpio. Compruébese la situación del hotel en el siguiente enlace: www.turkomanhotel.com
He visto ese museo que no tiene precio. Roma gloriosa, el asalto a mano armada por parte de alemanes, ingleses, franceses y todos los que piqueta en ristre se pasearon por el Asia Menor y dejaron despojos de lo que encontraron, pero ¡vaya despojos!
Las plañideras del sarcófago de Menelao, el sarcófago de Alejandro Magno, el adolescente, la Venus de Milo (una copia de la época), el tesoro de Troya, galería de retratos de todos los personajes romanos ... un sueño de paseo, adornado con fotografías de lo que hubo y ahora no queda.
Todo ha quedado como arrumbado, como si los mármoles hubieran cogido humedad. Tuve la sensación de pasear por cosas viejas, no en medio de preciosas antigüedades. Falta de mantenimiento, que sorprende.
Escasa tienda de recuerdos. Algún libro de cocina provocadora, pero poco más. Esas tiendas suelen ser fuente de inspiración y quedarse sin verlas es como andar a medio camino entre lo que vemos y lo que otros interpretan de lo allí expuesto. Yo disfrutaría una barbaridad haciendo diseños para museos. Me limito a anotar las ocurrencias en el sempiterno cuaderno de notas, al que los vigilantes adormecidos se acercan constantemente para ver si lo que apunto responde a la realidad, o ellos son los retratados, no ese César de hace dos mil años, Hipatia, o cualquiera de los diosecillos que pueblan las vitrinas.
BOMBAY - MUMBAI
No hay espacio suficiente para hablar de esta ciudad a la que odio amablemente desde hace treinta años. El hacinamiento, las condiciones de vida espantosas, la miseria de la gente, los horrores de la calle, los olores y la vida a la intemperie, sin el conocimiento de que hay intimidad en algunos momentos de la vida, me repelen. Pero no puedo dejar de mirar.
Bombay (me gusta más que el Mumbai de los mapas) es un infierno en medio de la tierra. La gente acude a la ciudad buscando el futuro y se encuentran con el infinito. Hasta en eso son exagerados.
Nuestro hotel (?) está en el centro de la ciudad, frente al Hospital central, donde las personas que aguardan resultados médicos de seres propios, se hacinan en las aceras, bajo trozos de plásticos que arrancan de las obras de diseño cibernético que se están haciendo en los alrededores: edificios de más de treinta plantas recubiertos de cristal que reverbera la luz y fríe los ojos a los que se les ocurre mirar hacia arriba. Inocentes los mirones hacia el cielo, que se dejan los pies enterrados en los excrementos del buey de turno que pasta apaciblemente en medio de la calle, mientras se come los plátanos que un anciano con aspecto estropajoso y a punto de dejar de existir pretendía vender.
Las calles se retuercen sobre sí mismas. La gente de forma incontrolada las ocupa a toda velocidad, y cuando el cansancio rinde el arrastrar de carros cargados con más de quinientos kilos, se tumban sobre los fardos sin importar el lugar, ni la esquina, ni el cruce. La vida se detiene porque el que transporta tiene derecho a respirar.
Bombay exaspera y ellos lo saben.
Cualquier lugar es bueno para cruzar una mirada con el que pasa. Sonríen casi siempre, aunque la cabeza esté ocupada por un cesto, un turbante, o vayan de conversación con el móvil, que se ha transformado en la plaga de India. Se cambiaron las bicicletas por motos y la charla por el móvil. Ya no acosan, ya no piden dinero en la calle, ya no exigen piedad: hablan por el móvil.
Tenemos un chófer que se llama Parkash. Es de Kathmandú. Lleva 10 años en Bombay y lo conoce como nadie, pero Cristina piensa que no conduce como ella lo haría en Bombay. Alucino. Le pide que no llame por teléfono, que no vaya lento, que no vaya rápido, que no se meta por agujeros, que no corra, que no adelante, que adelante... el hombre está loco porque ya contesta en tres idiomas al tiempo, y me mira con asombro a través del retrovisor. Menos mal que con 200 rs. día, se soluciona la cosa.
Yo me niego a conducir, se lo he dicho. Nunca he sentido la necesidad de llevar la contraria a la humanidad yendo por el otro lado. Creo que debe ser ella la que coja el coche, porque al fin y al cabo se educó en Inglaterra y esta inmundicia y esta desazón le son más familiares. Digo yo.
Luego sigo.
Bombay (me gusta más que el Mumbai de los mapas) es un infierno en medio de la tierra. La gente acude a la ciudad buscando el futuro y se encuentran con el infinito. Hasta en eso son exagerados.
Nuestro hotel (?) está en el centro de la ciudad, frente al Hospital central, donde las personas que aguardan resultados médicos de seres propios, se hacinan en las aceras, bajo trozos de plásticos que arrancan de las obras de diseño cibernético que se están haciendo en los alrededores: edificios de más de treinta plantas recubiertos de cristal que reverbera la luz y fríe los ojos a los que se les ocurre mirar hacia arriba. Inocentes los mirones hacia el cielo, que se dejan los pies enterrados en los excrementos del buey de turno que pasta apaciblemente en medio de la calle, mientras se come los plátanos que un anciano con aspecto estropajoso y a punto de dejar de existir pretendía vender.
Las calles se retuercen sobre sí mismas. La gente de forma incontrolada las ocupa a toda velocidad, y cuando el cansancio rinde el arrastrar de carros cargados con más de quinientos kilos, se tumban sobre los fardos sin importar el lugar, ni la esquina, ni el cruce. La vida se detiene porque el que transporta tiene derecho a respirar.
Bombay exaspera y ellos lo saben.
Cualquier lugar es bueno para cruzar una mirada con el que pasa. Sonríen casi siempre, aunque la cabeza esté ocupada por un cesto, un turbante, o vayan de conversación con el móvil, que se ha transformado en la plaga de India. Se cambiaron las bicicletas por motos y la charla por el móvil. Ya no acosan, ya no piden dinero en la calle, ya no exigen piedad: hablan por el móvil.
Tenemos un chófer que se llama Parkash. Es de Kathmandú. Lleva 10 años en Bombay y lo conoce como nadie, pero Cristina piensa que no conduce como ella lo haría en Bombay. Alucino. Le pide que no llame por teléfono, que no vaya lento, que no vaya rápido, que no se meta por agujeros, que no corra, que no adelante, que adelante... el hombre está loco porque ya contesta en tres idiomas al tiempo, y me mira con asombro a través del retrovisor. Menos mal que con 200 rs. día, se soluciona la cosa.
Yo me niego a conducir, se lo he dicho. Nunca he sentido la necesidad de llevar la contraria a la humanidad yendo por el otro lado. Creo que debe ser ella la que coja el coche, porque al fin y al cabo se educó en Inglaterra y esta inmundicia y esta desazón le son más familiares. Digo yo.
Luego sigo.
martes, 27 de septiembre de 2011
Han pasado muchos días sin poder escribir. Sin un momento para el sosiego, porque hemos recorrido una y mil veces los lugares de Estambul que nos parecía que pudieran ser interesantes para comprar. Al final nos damos cuenta de que eso de la globalización es verdad, que Estambul se ha rendido en brazos de los avances de estos tiempos, y que la vida, a pesar de ser complicada para esa pila de millones que se encargan de ocupar cualquier rincón de la ciudad, empieza a transformarse en algo más parecido a Europa que a los otros dos continentes que abraza.
Se mire desde donde se mire, la verdad es la ciudad es hermosa. La gente la pasea como si sólo se tratara del paraíso de la compra, pero la verdad es que emociona.
Es lastimoso ver cómo se han ido comiendo las ruinas, los trozos de muralla que la cerraban y los barrios de casas de madera coloreadas.
Sigue le mercado de las palomas, la basílica de Santa Sofía, el Pantocrator, la Virgen, los apóstoles, las cenas y cuchipandas de los santos que, como nosotros, se sentaban en torno a la mesa a discutir sobre el origen y el final de la vida y seguro que ponían a escurrir a los políticos de turno.
Se siguen viendo las tiendas que venden los vestidos para la circuncisión masculina (esos horribles uniformes de machitos vestidos con capa revestida de plumas, gorra quepis, espada, calzas, zapatos de charol), y un pañuelo en el bolsillo para recoger las lágrimas del inocente, que nada sabe de lo que le va a pasar hasta que le hinchen los carrillos de retorcérselos, porque a partir de ese día puede con todo, y será un hombrecito. Aparatosas las tiendas como las de las bodas, con una cama cubierta de colcha al revuelo de rizadas cintas de poliéster, como si los novios quedaran metidos en el fondo de un baño de espuma. Tremendos artilugios como cajones de fotógrafo, donde las novias portan los maquillajes, y que cuando los abres piensas que hay alguien enterrado, con sus ojitos cerrados, las manos sobre el pecho y vestido con las mejores galas.
Un paso más allá los innumerables modelos de ropa interior: calzas, calzones, calzoncillos, sujetadores, pijamas, camisones de franela, de batista, de poliéster, de mezcla, de color, sólo negros, con Mickey Mouse para la abuela, con Supermán para el abuelo, recatados, descocados, deshabillés impensables bajo el burka que alza las manos para desenganchar la percha y comprobar la calidad del material transparente, como si hubiera decidido que hasta ahí había llegado su prisión, y que cambiaba el burka por el modelito (que no sé muy bien si no se trata de lo mismo, pero en fin, ahí lo dejo)
He comprado cuerda de yute, un manojo de dos kilos de rafia natural, envases de caña, cestos, alfombras de algodón... todo lo que me gusta y que no me puedo resistir a ello. Ahora sueño con una furgoneta para no tener que pelear de la forma en la que lo he hecho con los de Correos (PTT) en Turquía.
Esa limpieza que todo lo domina, se ha trasladado a la rigurosidad del funcionario, que nos hizo deshacer una caja por exceder unos gramos de los 20 kilos de rigor. Nada, buena cara y volver a hacer el trabajo. Tranquilidad y buenos alimentos, y ¡mira por dónde!, cuando estábamos a punto de terminar la función del envío de las compras, bañadas en sudor, deshechas de nervios y sin ganas de otra cosa que no fuera llorar; cuando terminamos y dejamos las cajas sobre la balanza para la factura final....
¡¡¡¡ la oficina se cierra porque se tienen que ir a comer!!!! No lo podía creer.
Un afable funcionario, con cara de ser descendiente directo de Attaturk, se pone a comentar una circular con el compañero, y hace como que no se ha dado cuenta de la hora, y nos atiende.
Nos deshicimos en elogios acerca de su comportamiento, de lo que nos habían ayudado, e incluso le lanzamos una cita prevaricadora en Madrid. Da igual. Los paquetes han salido.
Se mire desde donde se mire, la verdad es la ciudad es hermosa. La gente la pasea como si sólo se tratara del paraíso de la compra, pero la verdad es que emociona.
Es lastimoso ver cómo se han ido comiendo las ruinas, los trozos de muralla que la cerraban y los barrios de casas de madera coloreadas.
Sigue le mercado de las palomas, la basílica de Santa Sofía, el Pantocrator, la Virgen, los apóstoles, las cenas y cuchipandas de los santos que, como nosotros, se sentaban en torno a la mesa a discutir sobre el origen y el final de la vida y seguro que ponían a escurrir a los políticos de turno.
Se siguen viendo las tiendas que venden los vestidos para la circuncisión masculina (esos horribles uniformes de machitos vestidos con capa revestida de plumas, gorra quepis, espada, calzas, zapatos de charol), y un pañuelo en el bolsillo para recoger las lágrimas del inocente, que nada sabe de lo que le va a pasar hasta que le hinchen los carrillos de retorcérselos, porque a partir de ese día puede con todo, y será un hombrecito. Aparatosas las tiendas como las de las bodas, con una cama cubierta de colcha al revuelo de rizadas cintas de poliéster, como si los novios quedaran metidos en el fondo de un baño de espuma. Tremendos artilugios como cajones de fotógrafo, donde las novias portan los maquillajes, y que cuando los abres piensas que hay alguien enterrado, con sus ojitos cerrados, las manos sobre el pecho y vestido con las mejores galas.
Un paso más allá los innumerables modelos de ropa interior: calzas, calzones, calzoncillos, sujetadores, pijamas, camisones de franela, de batista, de poliéster, de mezcla, de color, sólo negros, con Mickey Mouse para la abuela, con Supermán para el abuelo, recatados, descocados, deshabillés impensables bajo el burka que alza las manos para desenganchar la percha y comprobar la calidad del material transparente, como si hubiera decidido que hasta ahí había llegado su prisión, y que cambiaba el burka por el modelito (que no sé muy bien si no se trata de lo mismo, pero en fin, ahí lo dejo)
He comprado cuerda de yute, un manojo de dos kilos de rafia natural, envases de caña, cestos, alfombras de algodón... todo lo que me gusta y que no me puedo resistir a ello. Ahora sueño con una furgoneta para no tener que pelear de la forma en la que lo he hecho con los de Correos (PTT) en Turquía.
Esa limpieza que todo lo domina, se ha trasladado a la rigurosidad del funcionario, que nos hizo deshacer una caja por exceder unos gramos de los 20 kilos de rigor. Nada, buena cara y volver a hacer el trabajo. Tranquilidad y buenos alimentos, y ¡mira por dónde!, cuando estábamos a punto de terminar la función del envío de las compras, bañadas en sudor, deshechas de nervios y sin ganas de otra cosa que no fuera llorar; cuando terminamos y dejamos las cajas sobre la balanza para la factura final....
¡¡¡¡ la oficina se cierra porque se tienen que ir a comer!!!! No lo podía creer.
Un afable funcionario, con cara de ser descendiente directo de Attaturk, se pone a comentar una circular con el compañero, y hace como que no se ha dado cuenta de la hora, y nos atiende.
Nos deshicimos en elogios acerca de su comportamiento, de lo que nos habían ayudado, e incluso le lanzamos una cita prevaricadora en Madrid. Da igual. Los paquetes han salido.
miércoles, 21 de septiembre de 2011
22 de septiembre. Ha llovido.
Anoche ha entrado una gata por la ventana de la habitación, y estando dormida me ha saltado en el pecho. Casi me muero del susto o de la taquicardia posterior. Hubiera preferido un perro, porque los gatos me dan miedo. Noche toledana, como se puede imaginar, y Cristina medio dormida ha hecho de torero aguerrido y con una almohada por delante ha sacado a esa especie de tigretón de la habitación. A los quince minutos después de haber recuperado la cordura y apagadas las luces de nuevo, el felino se ha colado por la reja del baño, y empezó a maullar hasta que de nuevo la heroína de la noche le abre amablemente la puerta y le dice que se vaya con los otros inquilinos, que ya la habíamos disfrutado bastante. Yo permanecí encogida hasta que pasó el peligro, o me rindió el sueño, que no sé cuál ha sido lo primero.
En el desayuno nos han dicho que es la reinona de la casa esa gata espantosa, que además está preñada y ronronea por donde le place.
La terraza del hotel es soberbia. En pleno corazón del Sultanhamet, al pie de una mezquita y con el Bósforo al fondo, se hace escaso el momento de tomar un café y salir pitando, porque todo el mundo sle corriendo. Nosotras salimos a las 12, porque negocios que no te permiten hacer eso, ni son negocios ni son ná de ná.
Jornada dedicada al transporte y a la "Poste". Los kilos empiezan a preocupar y hay que mandar cosas. Courier, Cargo, Correos... lo mejor es Correos. Elegante oficina presidida por el impenitente retrato de Ataturk. Funcionaria estupenda que nos manda a otra ventanilla, y desde allí a otra oficina, llena de hombretones ansiosos por atendernos cuando ya hubieran pasado las dos docenas que aguardaban su falta operatividad. Cristina les pregunta por encima de todos, y responden al alimón. Los que no saben inglés asienten y miran con benevolencia que se haya colado por el morro. Yo, mientras tanto, me hago con una bandera de Turquía que está pegada en la pared, porque ellos también se dedican a venderlas, y no hay mejor cosa que poder decir que has hecho negocios con ganancia con un turco.
Me ha fascinado siempre esa costumbre de vender banderas por la calle. El famoso Attaturk, al que adoran, hizo de la bandera la muestra de la unidad patria, y aunque hayan tenido (y sigan) sus más y menos con los Kurdos, la bandera ha podido con todo, e imagino que es un negocio rentable porque sigue habiendo hombres a cada paso que por muy poco dinero te proporcionan una del tamaño que desees.
Hemos buscado lino, sin mucha éxito, y camisas de caballero, y pulseras, y sortijas, y camisetas... todo sirve para todos, y resulta cansado, pero es verdad que los olores nuevos, los sabores de cocina casera, la variopinta presencia de la gente en la calle: porteadores, vendedores de todo tipo, pocas mujeres pero con ganas de vivir, te contagia energía y el cansancio de días anteriores se va diluyendo.
Estambul rezuma vida, y conviene seguirle el paso.
martes, 20 de septiembre de 2011
EN ESTAMBUL HACE UN DÍA
Vuelo tranquilo. Sólo dos horas de retraso y mucho frío en el avión a ratos. Comida abundante que no me comí, y contemplación atónita del fenómeno que ocurre sin poder detenerlo: cuando el avión aterriza el pasaje se levanta a todo correr y forman una cola impresionante en el pasillo del avión, con abrigos puestos, bolsos rescatados y teléfonos humeantes. Puertas cerradas y todos quietos en silencio. Yo dejo paso al que va en ventanilla (siempre me toca ir en el centro y no me importa), y espero que se abran las puertas y todos se bajen, con asombro de la tripulación que comparte ese hacer de sus esclavos durante cuatro horas. Estoy tratando de buscar financiación para elaborar un estudio sobre la materia, y en cuanto llegue a resultados, lo publicaré.
Any way.
Estambul está precioso. Llegamos al hotel que había reservado: MAVIKONAK APARTMENTS, y había que subir tres pisos sin ascensor. Nuestras maletas "oficialmente" pesaban 52 kilos, más las de cabina y esos bolsos "de mano" que me gasto cuando viajo. Cuando llegué al cuartucho echaba hilillos de pulmón por la boca. Una cama y un sofá. Abro el sofá, traen sábanas y nos vamos a la calle para buscar dónde dormir el día siguiente.
Ducha mugrienta, no hay desayuno y no se pude tocar nada porque te pegas. ¡Un horror!, pero dormimos a cubierto.
(Ya publicaré foto del lugar porque no sé cómo sacarla de donde está)
Antes de volver a subir al gallinero, cenamos en el restaurante adjunto. Coqueto, moderno, mal servido, pero con una excelente cocina. La dueña vigilando sin parar pitillo en ristre, y digna de ser observada. Dos trenzas se desparramaban a ambos lados de la cara, grises, del mismo color de la falda y la chaqueta, y a trozos blancas como la blusa que combinaba con los calcetines. Saludaba y besaba como novia arrepentida de la ceremonia, y parecía como si la cosa no fuera con ella.
Paseamos por Stilaki y en taxi fuimos a buscar un nuevo hotel (desde donde escribo) para cambiar enseguida.
Cristina recordaba el último en el que estuvo, y aquí nos tenéis. Hemos mejorado notablemente, y el día ha sido fructífero de verdad. Pero eso es para mañana, porque Cristina me come y duerme muy bien, y estoy dándole la paliza con el tecleteo del ordenador.
Antes de apagar. Estambul estresa. Los autobuses van a toda velocidad, los camareros te ponen las cosas por delante y por detrás ¡tris-trás!, los taxis compiten en las circunvalaciones o se meten por huecos inverosímiles, y los almohecines gritan como en ningún sitio he oído para llamar a la oración a este pueblo enloquecido, que se ha puesto las pilas, y ha decidido vivir en Europa siendo miembro de la Comunidad Europea. Todo está tan limpio como irreconocible. El orden campa por sus respetos. La policía cubre todos los flancos, y o echas a correr, o llegas tarde sin saber a dónde ni quién te espera.
El tranvía, los taxis, mini-bus, barco... todo lo hemos cogido hoy, y ha sido agotador, porque hemos ido corriendo a todas partes sin tener prisa para nada.
Mañana más carreras imagino, pero antes de nada me daré el placer de desayunar esos hojaldres que hacen aquí, que no tienen precio. A vuestra salud.
Any way.
Estambul está precioso. Llegamos al hotel que había reservado: MAVIKONAK APARTMENTS, y había que subir tres pisos sin ascensor. Nuestras maletas "oficialmente" pesaban 52 kilos, más las de cabina y esos bolsos "de mano" que me gasto cuando viajo. Cuando llegué al cuartucho echaba hilillos de pulmón por la boca. Una cama y un sofá. Abro el sofá, traen sábanas y nos vamos a la calle para buscar dónde dormir el día siguiente.
Ducha mugrienta, no hay desayuno y no se pude tocar nada porque te pegas. ¡Un horror!, pero dormimos a cubierto.
(Ya publicaré foto del lugar porque no sé cómo sacarla de donde está)
Antes de volver a subir al gallinero, cenamos en el restaurante adjunto. Coqueto, moderno, mal servido, pero con una excelente cocina. La dueña vigilando sin parar pitillo en ristre, y digna de ser observada. Dos trenzas se desparramaban a ambos lados de la cara, grises, del mismo color de la falda y la chaqueta, y a trozos blancas como la blusa que combinaba con los calcetines. Saludaba y besaba como novia arrepentida de la ceremonia, y parecía como si la cosa no fuera con ella.
Paseamos por Stilaki y en taxi fuimos a buscar un nuevo hotel (desde donde escribo) para cambiar enseguida.
Cristina recordaba el último en el que estuvo, y aquí nos tenéis. Hemos mejorado notablemente, y el día ha sido fructífero de verdad. Pero eso es para mañana, porque Cristina me come y duerme muy bien, y estoy dándole la paliza con el tecleteo del ordenador.
Antes de apagar. Estambul estresa. Los autobuses van a toda velocidad, los camareros te ponen las cosas por delante y por detrás ¡tris-trás!, los taxis compiten en las circunvalaciones o se meten por huecos inverosímiles, y los almohecines gritan como en ningún sitio he oído para llamar a la oración a este pueblo enloquecido, que se ha puesto las pilas, y ha decidido vivir en Europa siendo miembro de la Comunidad Europea. Todo está tan limpio como irreconocible. El orden campa por sus respetos. La policía cubre todos los flancos, y o echas a correr, o llegas tarde sin saber a dónde ni quién te espera.
El tranvía, los taxis, mini-bus, barco... todo lo hemos cogido hoy, y ha sido agotador, porque hemos ido corriendo a todas partes sin tener prisa para nada.
Mañana más carreras imagino, pero antes de nada me daré el placer de desayunar esos hojaldres que hacen aquí, que no tienen precio. A vuestra salud.
domingo, 18 de septiembre de 2011
Estoy todavía en España. No puedo creer que vaya a salir volando dentro de unas horas, porque aún me cuelgan los esperpénticos deberes que he ido dejando para hacer un día tras otro. Claro que todo se me acumula como si padeciera sin saberlo el Síndrome de Diógenes, ese que dicen que guardaba porquerías para no me acuerdo qué cosa.
Reconozco que estoy cansada por primera vez en muchos días y además huelo mal porque estoy furiosa, y como los perros cuando tienen miedo, exhalo cosas raras, de esas del síndrome de Diógenes, del de las porquerías, que filtradas a través de los poros emiten un perfume insoportable.
Mañana es el día y saldré con la intención de ver todo lo que esté al paso.
Los aeropuertos, donde la espera es el arma común para volar, son un buen sitio para contar cosas. Tengo el firme propósito de hacerlo, porque además llevo mucho tiempo sin escribir y los dedos se me están anquilosando. No digo ya la cabeza, donde las ideas bullen porque no hay sitio para tanto. Tengo que limpiar el hueco de los recuerdos para ir acumulando más.
Casi es mañana. Voy a dejar el blog y seguir con la burocracia.
Reconozco que estoy cansada por primera vez en muchos días y además huelo mal porque estoy furiosa, y como los perros cuando tienen miedo, exhalo cosas raras, de esas del síndrome de Diógenes, del de las porquerías, que filtradas a través de los poros emiten un perfume insoportable.
Mañana es el día y saldré con la intención de ver todo lo que esté al paso.
Los aeropuertos, donde la espera es el arma común para volar, son un buen sitio para contar cosas. Tengo el firme propósito de hacerlo, porque además llevo mucho tiempo sin escribir y los dedos se me están anquilosando. No digo ya la cabeza, donde las ideas bullen porque no hay sitio para tanto. Tengo que limpiar el hueco de los recuerdos para ir acumulando más.
Casi es mañana. Voy a dejar el blog y seguir con la burocracia.
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| Celia y Pierre en Agosto 2011 en casa. Se vienen en mi corazón. |
viernes, 16 de septiembre de 2011
ANTES DE SALIR
No es fácil arrancar. Todo está patas arriba y huele a gasolina a mi alrededor.
Tantos días haciendo cosas, y cuando llega el momento de arrancar resulta que se quedan más cosas pendientes que terminadas, pero es lo normal, no pasa nada porque la distancia lo va a arreglar todo.
Me voy lejos a mirar, fotografiar, ver cosas raras, saber de otros, comer lo que me sienta mal y charlar sin parar con Cristina, con la que nunca se acaban los temas.
Compraré, regatearé (no lo soporto) y pasearé por los museos en los que todo me inspiran historias que tengo que contar.
Voy a aprovechar, y si soy capaz de manejar este blog, contaré lo que está a mi paso a quien me quiera leer.
De momento, esto está en Gibraltar.
Tantos días haciendo cosas, y cuando llega el momento de arrancar resulta que se quedan más cosas pendientes que terminadas, pero es lo normal, no pasa nada porque la distancia lo va a arreglar todo.
Me voy lejos a mirar, fotografiar, ver cosas raras, saber de otros, comer lo que me sienta mal y charlar sin parar con Cristina, con la que nunca se acaban los temas.
Compraré, regatearé (no lo soporto) y pasearé por los museos en los que todo me inspiran historias que tengo que contar.
Voy a aprovechar, y si soy capaz de manejar este blog, contaré lo que está a mi paso a quien me quiera leer.
De momento, esto está en Gibraltar.
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