Vuelo tranquilo. Sólo dos horas de retraso y mucho frío en el avión a ratos. Comida abundante que no me comí, y contemplación atónita del fenómeno que ocurre sin poder detenerlo: cuando el avión aterriza el pasaje se levanta a todo correr y forman una cola impresionante en el pasillo del avión, con abrigos puestos, bolsos rescatados y teléfonos humeantes. Puertas cerradas y todos quietos en silencio. Yo dejo paso al que va en ventanilla (siempre me toca ir en el centro y no me importa), y espero que se abran las puertas y todos se bajen, con asombro de la tripulación que comparte ese hacer de sus esclavos durante cuatro horas. Estoy tratando de buscar financiación para elaborar un estudio sobre la materia, y en cuanto llegue a resultados, lo publicaré.
Any way.
Estambul está precioso. Llegamos al hotel que había reservado: MAVIKONAK APARTMENTS, y había que subir tres pisos sin ascensor. Nuestras maletas "oficialmente" pesaban 52 kilos, más las de cabina y esos bolsos "de mano" que me gasto cuando viajo. Cuando llegué al cuartucho echaba hilillos de pulmón por la boca. Una cama y un sofá. Abro el sofá, traen sábanas y nos vamos a la calle para buscar dónde dormir el día siguiente.
Ducha mugrienta, no hay desayuno y no se pude tocar nada porque te pegas. ¡Un horror!, pero dormimos a cubierto.
(Ya publicaré foto del lugar porque no sé cómo sacarla de donde está)
Antes de volver a subir al gallinero, cenamos en el restaurante adjunto. Coqueto, moderno, mal servido, pero con una excelente cocina. La dueña vigilando sin parar pitillo en ristre, y digna de ser observada. Dos trenzas se desparramaban a ambos lados de la cara, grises, del mismo color de la falda y la chaqueta, y a trozos blancas como la blusa que combinaba con los calcetines. Saludaba y besaba como novia arrepentida de la ceremonia, y parecía como si la cosa no fuera con ella.
Paseamos por Stilaki y en taxi fuimos a buscar un nuevo hotel (desde donde escribo) para cambiar enseguida.
Cristina recordaba el último en el que estuvo, y aquí nos tenéis. Hemos mejorado notablemente, y el día ha sido fructífero de verdad. Pero eso es para mañana, porque Cristina me come y duerme muy bien, y estoy dándole la paliza con el tecleteo del ordenador.
Antes de apagar. Estambul estresa. Los autobuses van a toda velocidad, los camareros te ponen las cosas por delante y por detrás ¡tris-trás!, los taxis compiten en las circunvalaciones o se meten por huecos inverosímiles, y los almohecines gritan como en ningún sitio he oído para llamar a la oración a este pueblo enloquecido, que se ha puesto las pilas, y ha decidido vivir en Europa siendo miembro de la Comunidad Europea. Todo está tan limpio como irreconocible. El orden campa por sus respetos. La policía cubre todos los flancos, y o echas a correr, o llegas tarde sin saber a dónde ni quién te espera.
El tranvía, los taxis, mini-bus, barco... todo lo hemos cogido hoy, y ha sido agotador, porque hemos ido corriendo a todas partes sin tener prisa para nada.
Mañana más carreras imagino, pero antes de nada me daré el placer de desayunar esos hojaldres que hacen aquí, que no tienen precio. A vuestra salud.
Any way.
Estambul está precioso. Llegamos al hotel que había reservado: MAVIKONAK APARTMENTS, y había que subir tres pisos sin ascensor. Nuestras maletas "oficialmente" pesaban 52 kilos, más las de cabina y esos bolsos "de mano" que me gasto cuando viajo. Cuando llegué al cuartucho echaba hilillos de pulmón por la boca. Una cama y un sofá. Abro el sofá, traen sábanas y nos vamos a la calle para buscar dónde dormir el día siguiente.
Ducha mugrienta, no hay desayuno y no se pude tocar nada porque te pegas. ¡Un horror!, pero dormimos a cubierto.
(Ya publicaré foto del lugar porque no sé cómo sacarla de donde está)
Antes de volver a subir al gallinero, cenamos en el restaurante adjunto. Coqueto, moderno, mal servido, pero con una excelente cocina. La dueña vigilando sin parar pitillo en ristre, y digna de ser observada. Dos trenzas se desparramaban a ambos lados de la cara, grises, del mismo color de la falda y la chaqueta, y a trozos blancas como la blusa que combinaba con los calcetines. Saludaba y besaba como novia arrepentida de la ceremonia, y parecía como si la cosa no fuera con ella.
Paseamos por Stilaki y en taxi fuimos a buscar un nuevo hotel (desde donde escribo) para cambiar enseguida.
Cristina recordaba el último en el que estuvo, y aquí nos tenéis. Hemos mejorado notablemente, y el día ha sido fructífero de verdad. Pero eso es para mañana, porque Cristina me come y duerme muy bien, y estoy dándole la paliza con el tecleteo del ordenador.
Antes de apagar. Estambul estresa. Los autobuses van a toda velocidad, los camareros te ponen las cosas por delante y por detrás ¡tris-trás!, los taxis compiten en las circunvalaciones o se meten por huecos inverosímiles, y los almohecines gritan como en ningún sitio he oído para llamar a la oración a este pueblo enloquecido, que se ha puesto las pilas, y ha decidido vivir en Europa siendo miembro de la Comunidad Europea. Todo está tan limpio como irreconocible. El orden campa por sus respetos. La policía cubre todos los flancos, y o echas a correr, o llegas tarde sin saber a dónde ni quién te espera.
El tranvía, los taxis, mini-bus, barco... todo lo hemos cogido hoy, y ha sido agotador, porque hemos ido corriendo a todas partes sin tener prisa para nada.
Mañana más carreras imagino, pero antes de nada me daré el placer de desayunar esos hojaldres que hacen aquí, que no tienen precio. A vuestra salud.
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