martes, 25 de octubre de 2011

DELHI, la vieja y la nueva.


Este año cumple 100 como capital de India. Han tirado la casa por la ventana y Delhi está hermosa. Desde el jardín más cuidado hasta el bazar más escondido, Delhi ofrece sorpresas imposibles de descubrir en una estancia, por larga que parezca.
Los periódicos, hermosos ejemplares de prensa centenaria actualizados a fuerza de comportamientos indeseables de sus políticos, la discusión por la libertad de expresión o la autorregulación de los periodistas, estos preciosos periódicos publican fotografías de cuando la ciudad era un barrizal en el que sólo los rickshaw a pedales permitían a la gente circular por los espacios no invadidos por
elefantes o cabras. Hoy está llena de zonas ajardinadas invadidas por personajes que deciden vivir sólo bajo el turbante, o familias que hacen de la limosna su medio de existencia. En la parte nueva han desaparecido los pedigüeños, y en la zona vieja, no hay sitio para darse cuenta de quién pide, o de quién ofrece, porque los aspectos se confunden, y ahora te sigue de cerca el que da y el que pide. Dicen los periódicos que tiene 21,7 millones de habitantes, y que es la más poblada de India. Creo que tienen razón, porque la gente sale por todas partes, y si me da por anotar lo que se gasta uno en propinas, se me acaba la tinta del bolígrafo.
De todos modos, en medio de esta modernidad amable que ofrece la ciudad, sigue existiendo el amor a la tradición, y un abogado preso de nervios ha ofrecido su babero de profesional enlazado a un billete de diez rupias y lo ha clavado a un baobab, el árbol sagrado por excelencia, que crece en medio del mercado más conocido por los extranjeros: Khan Market.
Mañana es Diwali, el festival más grande de India, el año nuevo para todos, y la calle está adornada con luces pobretonas, porque las ponen los comerciantes. Será explosivo y emocionante, como todo lo que organizan, además de endulzado con su pasión favorita: los pasteles y muñecos de azúcar. Sólo quedan los fuegos artificiales por explotar.
Veremos si mañana es una buena idea salir a la calle.


lunes, 24 de octubre de 2011

A LOS INDIOS LES PICAN LOS


COJONES. Siento la grosería, pero es la verdad. Resulta casi insufrible ver en todo momento el manoseo de las partes ingratas, sin reparo alguno.
Ahora, el gobierno indio pide que no haga pis en la calle. Da lo mismo. Todos a lo suyo, que es ponerse frente a la tapia y darle alivio a la vejiga. Las mujeres desconozco qué hacen, pero imagino que poco más o menos lo mismo.
Esa escena de andarse rascando el policía mientras te indica en qué dirección has de encaminarte, el del dependiente que saca telas del estante con una mano, mientras con la otra comprueba que sus cositas siguen ahí; el del taxista que con una mano te da el cambio y con la otra cuenta o mide lo que le arrastra; el camarero que se frota con fruición; el ciclista del rickshaw que parece que no tiene bastante con el roce del sillín; el santón que con una mano se toca la frente y con la otra la entrepierna... en fin, que todo tiene como remate el manoseo de sus partes.
Lo peor es el descaro. No hay intimidad, ni les importa nada que mires, que estés delante o que hablen contigo. Parece que el picor, escozor, dolores, frescores, incontinencia o lo que sea que pasa por entre los pliegues del cuerpo masculino es algo de dominio público.
No hay nada fuera de la visión ajena. Todo ocurre en la calle, y hasta las ratas se dejan fotografiar sin miedo.
Ah!, eso sí. El que no se manosea escupe en el rincón. En fin, el glamour de La India, un poco embarrado.
Mañana saldrá el sol, al otro lado de la nube de polución que no nos deja ver el sol.
Día feliz!

sábado, 22 de octubre de 2011

ANTES DE TODO LO QUE SIGUE.


He pasado por alto un viaje absurdo a Pushkar. Muchas prisas para llegar, paseo al atardecer después de haber perdido el aliento tratando de organizar un nuevo negocio a pie de camino, y paseo entre gente de esa que todos pensamos que hay en India: santones, yoguis, camellos, caballos, monos ladrones y pájaros exóticos.
Pushkar está como siempre, pero con más tiendas y el lago prácticamente rodeado de cafeterías que miran todas al centro, sin saber muy bien si en el último momento va a aparecer el monstruo del lago. Todo comercializado y pensado para la meditación de cómo hacer dinero a costa de los demás, pero es pequeño y recogido, y viniendo de las grandes urbes de India, es una especie de reposo en el jardín del guerrero.
Nos habríamos quedado a no ser por la Feria de artesanía de Delhi, pero los mosquitos y el absurdo aire acondicionado, nos dejó a pie de obra: fuera de Pushkar y en medio de estornudos y toses que nos provocan más gimnasia de cintura que alivio. Nada mortal, pero agota.
Lo de la Feria de Artesanía, inenarrable: todo interesa y no hay forma de decidir qué comprar. Venga a tomar té y café por cuenta de los vendedores, y así el sueño perdido entre facturas y cafeínas. Delhi revive por la noche, los trenes hacen sonar los pitos cuando entran en la ciudad, y se oyen desde el infinito. Los imanes les hacen la competencia, y mientras tanto, los periódicos cuentan cómo fotografían a Gadaffi inerte. Delicadeza en el tratamiento del cadáver, y mucho ejército en la calle, porque no se fía nadie de los de enfrente.
Todo un lío, mezclado y absurdo. Se acerca Diwali, el año nuevo para India que es el día 26. Todo son puestos de regalos, flores, velas olorosas, dioses de colorines, nuevos saris y nada que parezca angustioso. Es un placer pasear por las calles saltando charcos de agua sucia empapados en papel de periódico y platos de comida sin terminar, porque la alegría es generalizada. Diwali, sólo un día de fiesta, se celebra con cohetes, dulces y frutos secos. Lo pasaremos en Delhi, y mientras tanto, seguiremos pateando los lugares más insólitos para buscar bolsas en las que poner lo que unos regalarán a otros en España.
Mundo entrecruzado y hermoso, que no me cansa.

martes, 18 de octubre de 2011

TRANSPORTE (y 2)


No acabo de reconciliarme con la desaparición prácticamente total de las bicicletas en India. Es verdad que en las poblaciones más pequeñas siguen existiendo en cantidad, sobre todo siguen funcionando los ricksaw, pero en las ciudades la moto ha tomado la calle. Miles, cientos de miles circulan con los más extraños artilugios sobre la cabeza de los conductores. Se llevan la palma los sijs, que sobre el turbante se colocan gafas, pañuelo para la nariz y demás apósitos, como si con eso fueran a salvar la vida después del trastazo.
Pero lo más emocionante fue la escena de arriba: padre y sus seis hijos en la motocicleta. Sonrientes, encantados de verse fotografiados, y seguros de llegar a clase a primera hora.
Tras ellos el tipo que lleva los caramelos de azúcar en la bici, apilados como si fueran de piedra, o las mujeres adornadas con todo tipo de joyas y hacinadas en el carromato camino del mercado del martes en Jaipur, tuc-tuc con un hombre sentado que lleva en brazos a su motocicleta al taller, autobús rebosando gente desde la baca a las ventanillas, el que duerme sobre los ingentes montones de paja que lleva un carro arrastrado por elefantes...
En fin, la vida que pasa a todo trapo, mientras el chófer sólo pensaba en llegar a casa y ver cómo su mujer se había pintado las manos con henna. Le regalé flores para ella, y, efectivamente, a las 7 de la tarde, después de 12 horas de viaje, entraba en el hotel de Delhi.
Puntualidad británica y casi todos contentos.,


ELTRANSPORTE (MAS O MENOS) Capítulo 1


Hice un viaje de 12 horas (327 kilómetros) en coche desde Pushkar a Delhi. El mismo conductor de los mismos días, Verma, que se sintió crecido ante la soledad que le proporcionaba el silencio de la pasajera y que nadie le pedía que pusiera o quitara el aire acondicionado. Se paraba donde le daba la gana y me aseguró que a las 7 de la tarde estábamos en Delhi porque él tenía que estar con su mujer al día siguiente.
La carretera es inenarrable. Después de 37 años sigue igual, ahora con dos carriles de ir y venir todos por el mismo sitio, los mismos socavones, el mismo riesgo y la circulación infernal de camiones cargados con piedras imposibles de describir, animales de todo tipo, pick ups cargados hasta los topes de gente, y ese ir y venir en direcciones opuestas que te hacen sudar sangre.
Desde luego el claxon es imprescindible. Todo es un pitar desaforado, y las maniobras más increíbles se solucionan a golpe de bocinazos.
En medio de ese caos, en el que los camiones se alinearon a la izquierda durante más de 70 kilómetros, pensé que era una nueva forma de hacer carreteras en un pis pás. Se ponen todos en fila, y a la voz de ¡ya! tiran las arenas, piedras, gravas, asfaltos y demás asuntos y en un grito se han fabricado 70 kilómetros de carretera. Se me antoja una gran idea, porque no entiendo cómo en una autovía (?) puede haber camiones uno detrás de otro durante 70 kms.
Luego viene la fauna. Aparecen camellos, y al poco rato caballos, y todo empieza a parecerme normal.
Pero lo mejor es cuando aparece la gente. Esa gente que mira, ríe, y pide que le hagas una foto desde el coche. De esos, no sabría a quién elegir, y como casi todos los que pasan por tu vida, fueron una ráfaga y, a excepción de algunos, los demás se quedaron en la cámara como un golpe de viento.

sábado, 15 de octubre de 2011

DE LA REENCARNACIÓN Y OTRAS MENUDENCIAS


Estuve casi brillante haciendo la maleta y me traje al viaje un par de chanclas de las que regalan en los spa. No pesan, son de goma negra, y parece que se alteran poco.
Han sido la salvación para las duchas indias, esas en las que el cuarto de baño no tiene principio ni fin, existe siempre un cubo de agua con otro dentro, y una pequeña manguera de la que sale agua a chorro para asearse sálvese la parte correspondiente.
Las chanclas han resultado ser arma compartida imprescindible para no matarnos al circular por los cuartos de baño, que se empapan de arriba abajo, dado que la ingeniería, la arquitectura de interiores, o el cuidado por las cosas, aquí aún no tiene el merecido respeto.
A ellos creo que les importa poco. Como andan descalzos los pies se agarran firmemente al paramento y no resbalan.
Teniendo en cuenta que aquí todo merece el más sagrado de los respetos, las chanclas se me han antojado elemento de devoción, pero les he cogido miedo.
Me dio por pensar en su reencarnación futura, y he creído que la cosa se me podría volver en contra si decido conservarlas en gracia después del uso. Una posible reencarnación en un ser superior después de haber prestado los servicios correspondientes, me arruinarían la vida, porque si por ejemplo se reencarnan en Manolo's, ¿qué hago yo con tacones por La India?



JAIPUR Y EL SENTIDO DEL TIEMPO



Hemos estado en la "ciudad rosa" cinco días. Han sido agotadores, pero he visto tantas cosas raras, tantas cuevas de Alí Babá , que aún no lo puedo creer.
El hotel, recomendable al 100% a todos los que quieran ir a Jaipur y no gastar más de lo necesario, se llama Mandawa Haveli. Adosado a la muralla antigua de la ciudad hacia el exterior, es una residencia familiar construida en 1881 por algún arquitecto que figura escrito en sus muros, y resultó ser la vivienda de una familia de mucho postín de
la zona, cuyo cabeza alcanzó el rango de Rajá, con lo que no llegó a Maharajá, que es lo más.
El sujeto en cuestión vive, y lo hace conservado en alcohol.
Nosotras dos (y es entre otras muchas cosas por lo que nos soportamos viajando), padecemos de una enfermedad que se llama "horarios deslizantes" (diagnóstico de mi hermana Inmaculada). En román paladino viene a significar que hacemos lo que nos da la gana, cuando queremos.
Cuando los turistas están viendo las maravillas que les enseñan los guías y aprenden de los hábitos sexuales de los señores de los fortines, que es lo que los guías enseñan habitualmente, mientras ellos se informan, nosotras permanecemos en el hotel leyendo el periódico o decidiendo qué va a ser de nuestra mañana.
Los asistentes y camareros (por cientos a nuestro alrededor) se enfurecen y llaman a la habitación diciendo que somos las últimas para el desayuno y que lo quitan. Me pregunto si al primero le han puesto una medalla de las del Rajá o si nos van a condenar a pena de fregar el suelo (que falta le hace) por llegar las últimas. En fin, un despropósito que resulta llevadero porque al final por cien rupias matan, y esperan con los huevos scramble.
Una noche, cuando volvimos de las cuevas de Alí Babá, nos sentamos en el jardín a tratar de respirar. Se nos fue el tiempo, y los turistas del día siguiente se acostaron, cerraron la cocina y empezaron a merodear a nuestro alrededor los mismos de siempre. El dueño del hotel se sentó frente a nosotras y bebió algo que, al paso del tiempo le afectó y cuando se levantó para marcharse, se cayó al suelo como un trapito, pero lo más asombroso es que los empleados ni se inmutaron. Se llamaron los unos a los otros y el que estaba disfrazado de policía a la entrada y se tiraba a los pies del señor del castillo cuando entraba, se hizo con los despojos y los metió detrás de la recepción en un camastro, hasta la mañana siguiente.
Cristina suspiró hondo y dijo:" ¡ qué pena, tanto ¿para qué?! Menudo problema tienen. ¿Tú crees que podríamos ayudarle?." Menos mal que era de noche cerrada y me limité a levantarme diciendo que hacía frío, mientras por la espalda me circulaba agua a raudales.


martes, 11 de octubre de 2011

AGRA - JAIPUR

Viaje en coche, con un conductor que se llama Verma y que ha sido recomendado por mi amigo Vinay. No es una carretera fácil, aunque él dice que es estupenda. Cristina susurra a cada momento suspiros más que profundos cuando un carro se atraviesa, una moto se lanza entre dos autobuses o el chófer frena como si no hubiera hecho otra cosa durante toda su vida.
El espectáculo de la vida que se extiende a ambos lados de la ruta es inenarrable. Toda suerte de tugurios pueblan las laderas de la supuesta autovía, y aún no están acostumbrados a circular en dos sentidos distintos. No. Cada uno va por donde quiere y el caos resulta infinitesimal. No hay casi accidentes para lo que podría pasar, pero como Verma dice: "es India".
Cualquiera de las cosas que crecen como setas en la carretera piensa Cristina que es un negocio total. Hay que montar uno de sillas de paja. Hay que llevarse toda la alfarería. No podemos dejar aquí esas maravillosas escaleras de bambú... y yo me veo como una desgraciada, haciéndole caso y transportando envuelta en un sari (como si fuera una momia), lo que ella diga, en medio de discusiones que no tienen fin con los que administran la vida de este país. Sola me tranquilizo pensando que ya he cambiado bastante de vida, y escribo para descansar del desasosiego que me produce el ímpetu constante de quien no s
abe relajarse.
Entramos en Jaipur. La ciudad rosa. No es rosa, es color terracota, pero se pintó así porque la Reina Victoria de Inglaterra la visitó y como le gustaba el rosa, pues la ciudad entera de rosa. ¡Eso es ser Reina, y no lo de ahora!
Jaipur tiene dos ciudades. Una que se ha quedado dentro de la muralla, que es la que me gusta: caótica, sucia, impenitente con el comercio, y dicen que el paraíso de las compras, pero claro está que cada uno tiene su propio paraíso y muchos no coinciden con este precisamente.
La otra, es la ciudad nueva, que se les está quedando vieja. Aquí se ven cosas extraordinarias: inmensas fábricas de todo escondidas en tugurios infectos. Cientos de hombres y mujeres trabajando en las cosas más insólitas. Los almacenes de Alí Babá que aparecen por doquier, y una pelea sin fin con los precios, que están por las nubes. Son listos. Saben que entiendo un poco de hindi y no quieren negociar conmigo, pero se las ven cara a cara con Cristina, que de repente deja de verlos y si no le dan el precio convenido, ahí se quedan sin más. Yo voy detrás y me despido correctamente, mientras ellos siguen con la boca abierta.

lunes, 10 de octubre de 2011

EL TAJ MAHALL


No me voy a escapar sin volver a visitarlo, pero ahora todo se ha transformado en un horror de burocracia asociada a la ley del papanatismo universal: si tú miras, yo miro lo mismo, pero ninguno de los dos sabemos qué es lo que estamos viendo.
El Taj Mahall, esa maravilla universal, permanece incólume a pesar de los millones de visitantes que recibe al año. Señorial, impetuoso, solitario, hermoso, cautivador... se me agotan los adjetivos y todo me parece poco. Podría colgar una fotografía impactante, pero nunca hace honor a la contemplación de esa maravilla, que nunca cambia.
Los visitantes se adentran en sus tripas como si fueran hormigas. Le da lo mismo. Soban sus paredes, intentan llevarse las piedras semipreciosas que pueblan los lienzos de mármol para dejar que la luz se adentre en la oscuridad de la tumba, pero le da lo mismo: ahí sigue.

jueves, 6 de octubre de 2011

DELHI (2) Sigue el asombro

Aeropuerto Delhi. Terminal 3. 2011. MMC
Los jardines están cuidados, las calles más o menos limpias, y han restaurado Connagauth Place como galería de tiendas. Pero siguen buscando rincones para escupir. Es una cosa desastrosa. Hablábamos hoy del poco tiempo de ser distinto que le quedaba a este país, pero creo que va a ser difícil que cambie como lo ha hecho Turquía. Esta gente es fatalista y lo que vaya a pasar mañana les tiene más o menos sin cuidado, a pesar de la imagen de actualización que dan. Es como si en esa insólita ciudad en la que se ha transformado Bangalore, el centro de ciencias, la Sillicon Valey de Asia, los ordenadores se encendieran enganchados a la luz con una pera de las de antes y los cables siguieran siendo de tela retorcida, de los que se incendiaban día si, día no. La apariencia inmediata es perfecta, pero al paso de los días... nadie conserva, nadie cuida, nadie se ocupa del mañana porque ¿para qué?
Hemos recurrido al amigo Vinay Maherwari, el propietario de la agencia de viajes International Services, que es un encanto.
Hemos contratado un coche grande para que nos lleven durante seis días a Agra (a ver el Taj Mahall que Cristina no conoce, y a ver a unos proveedores, y luego a Jaipur y Pushkar de turismo raro)
Escribo desde Agra, y hemos llegado en medio de una festolina tremenda.
Niña en ricksaw completo. Agra 2011 MMC
Mañana termina la novena de Nava Durga. Todos pueden volver a comer lo que quieran, porque durante nueve días sólo se han alimentado de frutas y agua.
Dicen que mañana no habrá pollo por ninguna parte, y que nosotras tendremos que seguir con la dieta vegetariana, que tan rica está. A mí me toca los pies la comida india, porque todo está condimentado para quitar el sabor a los alimentos, pero peor es acabar quemadita en el Ganges, y como de todo, no sin miedo.
Mañana el Taj Mahall está cerrado, y nos dedicaremos a pasear, a ver, a comprar algo que no esté en el programa, y a hacer la vida imposible al chófer, que es un encanto y que está dispuesto a cualquier cosa, porque su jefe Vinay le ha dicho que nos trate como merecemos, es decir, como dos reinonas.


DELHI (I) - Alucino con el aeropuerto

Hace treinta años llegué a Delhi por primera vez, a un aeropuerto lleno de pájaros y gente que trepaba a los lados de la puerta de salida por rejas blancas, y más arriba aún por redes que habían tensado para que no superaran las barreras metálicas en busca de ayuda de los que llegaban, se suponía como salvación de una muerte segura por hambre.
Estuve también hace trece años, y algo había mejorado, pero lo de anteayer fue impresionante. El aeropuerto de vuelos nacionales de Delhi sobrecoge. Limpieza, diseño, silencio, alfombrado de arriba abajo, mecanizado, comunicado, iluminado, decorado... no paraba de girar la cabeza. Es alucinante, todo lo que se diga poco.
Aquí me planteo cómo es posible que pensemos los europeos, americanos y etc del supuesto primer mundo que venimos a ayudar, si nuestros gobiernos están pidiendo dinero a los indios y chinos. Después de ver este aeropuerto (de verdad increíble), ¿a qué jugamos entre todos?
Eso sí, nada más poner el pie en el exterior, empezaron los problemas porque los taxistas no estaban, los que querían llevarnos parecía que lo hacían en sillas papales, vistos los precios, la policía miraba para otro lado, un calor de morir y por fin un taxi furgonetilla que nos lleva mientras el taxista canta y se equivoca de carretera. Vuelvas y más vueltas hasta llegar al hotel.
El supuesto hotel era (es) una mugre. Tratamos de cambiar las sábanas varias veces, las toallas ni se cuenta, y no podíamos tocar nada sin quedarnos pegadas al asunto. Eso sí, está magníficamente comunicado con todo Delhi, pero como había trabajo pendiente, pasamos el día en medio de esa porquería, que sólo tenía como ventaja que nos dejaron el periódico en la puerta a las 7 de la mañana.
Lo más asombroso es el señorío con lo que dos exquisitas nos tomamos las cosas. Nos pensamos si abrir o no la puerta del balcón de la habitación, porque las palomas anidan sobre el aire acondicionado, si correr o no las cortinas por miedo a un ataque de asma de Cristina, o entrar en el espacio dedicado a que caiga el agua sobre la cabeza con o sin chanclas. (Nunca sin chanclas)
De noche ya sompramos el pincho para el ordenador que ahora me permite escribir. Una locura, una batalla, pero conseguimos que nos atendiera un empleado tartamudo y resolvió tanto inconveniente como ponían.
Una conocida de Cristina, adorable Cordelia, nos llevó a cenar a un restaurante estupendo que recomiendo al que pasee por Delhi (Azzahar), y de allí, al fin del día.

domingo, 2 de octubre de 2011

SIGO EN BOMBAY

Nada de lo que parece es real. Imposible si no se dice surrealista, es la vida de la ciudad que a veces, cuando te cruzas con infantes dormidos que parece que van a ser buenos al despertar, vas y te crees que es  posible convivir con ellos sin gritar a cada minuto que se estén quietos. Claro, que luego viene la furia, cuando a tu paso aparece la fundamentalista de turno haciendo compras a través del burka. No sé quién es más responsable de la locura que azota a esas mujeres: si ellas por obedecer o ellos por imponer. Yo me liaba a tortas con los dos.
Niños dormidos en la calle. Bombay Octubre 2011 - MMC
La India en general exige de una atención extrema, pero megalópolis como Bombay son agotadoras. No hay nada que pase desapercibido. La privacidad no existe y se reza en la calle, se lavan culpas a la luz del día, se trabaja en cualquier cosa  sin importar qué es lo que te rodea, y del mismo modo que tú miras sin cesar, eres observado por miles de ojos que se preguntan cuál será la posibilidad de conseguir algo de tí a cambio de muy poco de ellos.
6000 años de comercio nos contemplan, e India es el origen de tantas cosas, que nada es baladí.
Bombay está radicalizado. Siempre hay elecciones, siempre hay visitas a templos, siempre hay algo que conmemorar (hoy es el día de Ghandi y han decidido prohibir la bebida de alcohol), pero Bombay está tomado por la policía.
Nada de lo que hay a mi alrededor me es ajeno aunque me cueste mucho comprender, y me haya costado mucho aceptar que todo en este país tiene un precio.
Esta mujer que da de comer al búfalo, al que le ha comprado un kilo de plátanos, lava culpas a la luz del sol. Ahora podrá seguir dedicada a la faena de hacer caridades por la noche, o engañar a quien le parezca durante el día. El buey seguirá tirando del carro y recubriendo, si le dejan, los costillares.
Lo demás, es tarea de Ganesh, el dios elefante que todo lo ve, puede y magnifica.
Menos mal que es de noche y toca dormir.

Domingo y es tarde por la mañana...

Una semana enloquecedora de compras, citas, encuentros, desencuentros con vendedores abusivos, y sobre todo de cosas inesperadas y horarios que no se cumplen. Creo que necesito unos días más de adaptación a esta locura de encontrar cosas a cada paso, no quedar bien con nadie, dejar todo colgado para luego, hacer trabajar a los demás sin descanso por decisiones pensadas con los pies... pero lo voy a conseguir.
Salimos del hotel a las 12 de la mañana y volvemos a las 12 de la noche, cuando las calles están recogidas y todo limpio. Compruébese la situación del hotel en el siguiente enlace: www.turkomanhotel.com
He visto ese museo que no tiene precio. Roma gloriosa, el asalto a mano armada por parte de alemanes, ingleses, franceses y todos los que piqueta en ristre se pasearon por el Asia Menor y dejaron despojos de lo que encontraron, pero ¡vaya despojos!
Las plañideras del sarcófago de Menelao, el sarcófago de Alejandro Magno, el adolescente, la Venus de Milo (una copia de la época), el tesoro de Troya, galería de retratos de todos los personajes romanos ... un sueño de paseo, adornado con fotografías de lo que hubo y ahora no queda.
Todo ha quedado como arrumbado, como si los mármoles hubieran cogido humedad. Tuve la sensación de pasear por cosas viejas, no en medio de preciosas antigüedades. Falta de mantenimiento, que sorprende.
Escasa tienda de recuerdos. Algún libro de cocina provocadora, pero poco más. Esas tiendas suelen ser fuente de inspiración y quedarse sin verlas es como andar a medio camino entre lo que vemos y lo que otros interpretan de lo allí expuesto. Yo disfrutaría una barbaridad haciendo diseños para museos. Me limito a anotar las ocurrencias en el sempiterno cuaderno de notas, al que los vigilantes adormecidos se acercan constantemente para ver si lo que apunto responde a la realidad, o ellos son los retratados, no ese César de hace dos mil años, Hipatia, o cualquiera de los diosecillos que pueblan las vitrinas.




BOMBAY - MUMBAI

No hay espacio suficiente para hablar de esta ciudad a la que odio amablemente desde hace treinta años. El hacinamiento, las condiciones de vida espantosas, la miseria de la gente, los horrores de la calle, los olores y la vida a la intemperie, sin el conocimiento de que hay intimidad en algunos momentos de la vida, me repelen. Pero no puedo dejar de mirar.
Bombay (me gusta más que el Mumbai de los mapas) es un infierno en medio de la tierra. La gente acude a la ciudad buscando el futuro y se encuentran con el infinito. Hasta en eso son exagerados.
Nuestro hotel (?) está en el centro de la ciudad, frente al Hospital central, donde las personas que aguardan resultados médicos de seres propios, se hacinan en las aceras, bajo trozos de plásticos que arrancan de las obras de diseño cibernético que se están haciendo en los alrededores: edificios de más de treinta plantas recubiertos de cristal que reverbera la luz y fríe los ojos a los que se les ocurre mirar hacia arriba. Inocentes los mirones hacia el cielo, que se dejan los pies enterrados en los excrementos del buey de turno que pasta apaciblemente en medio de la calle, mientras se come los plátanos que un anciano con aspecto estropajoso y a punto de dejar de existir pretendía vender.
Las calles se retuercen sobre sí mismas. La gente de forma incontrolada las ocupa a toda velocidad, y cuando el cansancio rinde el arrastrar de carros cargados con más de quinientos kilos, se tumban sobre los fardos sin importar el lugar, ni la esquina, ni el cruce. La vida se detiene porque el que transporta tiene derecho a respirar.
Bombay exaspera y ellos lo saben.
Cualquier lugar es bueno para cruzar una mirada con el que pasa. Sonríen casi siempre, aunque la cabeza esté ocupada por un cesto, un turbante, o vayan de conversación con el móvil, que se ha transformado en la plaga de India. Se cambiaron las bicicletas por motos y la charla por el móvil. Ya no acosan, ya no piden dinero en la calle, ya no exigen piedad: hablan por el móvil.
Tenemos un chófer que se llama Parkash. Es de Kathmandú. Lleva 10 años en Bombay y lo conoce como nadie, pero Cristina piensa que no conduce como ella lo haría en Bombay. Alucino. Le pide que no llame por teléfono, que no vaya lento, que no vaya rápido, que no se meta por agujeros, que no corra, que no adelante, que adelante... el hombre está loco porque ya contesta en tres idiomas al tiempo, y me mira con asombro a través del retrovisor. Menos mal que con 200 rs. día, se soluciona la cosa.
Yo me niego a conducir, se lo he dicho. Nunca he sentido la necesidad de llevar la contraria a la humanidad yendo por el otro lado. Creo que debe ser ella la que coja el coche, porque al fin y al cabo se educó en Inglaterra y esta inmundicia y esta desazón le son más familiares. Digo yo.
Luego sigo.