
Este año cumple 100 como capital de India. Han tirado la casa por la ventana y Delhi está hermosa. Desde el jardín más cuidado hasta el bazar más escondido, Delhi ofrece sorpresas imposibles de descubrir en una estancia, por larga que parezca.
Los periódicos, hermosos ejemplares de prensa centenaria actualizados a fuerza de comportamientos indeseables de sus políticos, la discusión por la libertad de expresión o la autorregulación de los periodistas, estos preciosos periódicos publican fotografías de cuando la ciudad era un barrizal en el que sólo los rickshaw a pedales permitían a la gente circular por los espacios no invadidos por

elefantes o cabras. Hoy está llena de zonas ajardinadas invadidas por personajes que deciden vivir sólo bajo el turbante, o familias que hacen de la limosna su medio de existencia. En la parte nueva han desaparecido los pedigüeños, y en la zona vieja, no hay sitio para darse cuenta de quién pide, o de quién ofrece, porque los aspectos se confunden, y ahora te sigue de cerca el que da y el que pide. Dicen los periódicos que tiene 21,7 millones de habitantes, y que es la más poblada de India. Creo que tienen razón, porque la gente sale por todas partes, y si me da por anotar lo que se gasta uno en propinas, se me acaba la tinta del bolígrafo.
De todos modos, en medio de esta modernidad amable que ofrece la ciudad, sigue existiendo el amor a la tradición, y un abogado preso de nervios ha ofrecido su babero de profesional enlazado a un billete de diez rupias y lo ha clavado a un baobab, el árbol sagrado por excelencia, que crece en medio del mercado más conocido por los extranjeros: Khan Market.
Mañana es Diwali, el festival más grande de India, el año nuevo para todos, y la calle está adornada con luces pobretonas, porque las ponen los comerciantes. Será explosivo y emocionante, como todo lo que organizan, además de endulzado con su pasión favorita: los pasteles y muñecos de azúcar. Sólo quedan los fuegos artificiales por explotar.
Veremos si mañana es una buena idea salir a la calle.







Cuando los turistas están viendo las maravillas que les enseñan los guías y aprenden de los hábitos sexuales de los señores de los fortines, que es lo que los guías enseñan habitualmente, mientras ellos se informan, nosotras permanecemos en el hotel leyendo el periódico o decidiendo qué va a ser de nuestra mañana.





