martes, 25 de octubre de 2011

DELHI, la vieja y la nueva.


Este año cumple 100 como capital de India. Han tirado la casa por la ventana y Delhi está hermosa. Desde el jardín más cuidado hasta el bazar más escondido, Delhi ofrece sorpresas imposibles de descubrir en una estancia, por larga que parezca.
Los periódicos, hermosos ejemplares de prensa centenaria actualizados a fuerza de comportamientos indeseables de sus políticos, la discusión por la libertad de expresión o la autorregulación de los periodistas, estos preciosos periódicos publican fotografías de cuando la ciudad era un barrizal en el que sólo los rickshaw a pedales permitían a la gente circular por los espacios no invadidos por
elefantes o cabras. Hoy está llena de zonas ajardinadas invadidas por personajes que deciden vivir sólo bajo el turbante, o familias que hacen de la limosna su medio de existencia. En la parte nueva han desaparecido los pedigüeños, y en la zona vieja, no hay sitio para darse cuenta de quién pide, o de quién ofrece, porque los aspectos se confunden, y ahora te sigue de cerca el que da y el que pide. Dicen los periódicos que tiene 21,7 millones de habitantes, y que es la más poblada de India. Creo que tienen razón, porque la gente sale por todas partes, y si me da por anotar lo que se gasta uno en propinas, se me acaba la tinta del bolígrafo.
De todos modos, en medio de esta modernidad amable que ofrece la ciudad, sigue existiendo el amor a la tradición, y un abogado preso de nervios ha ofrecido su babero de profesional enlazado a un billete de diez rupias y lo ha clavado a un baobab, el árbol sagrado por excelencia, que crece en medio del mercado más conocido por los extranjeros: Khan Market.
Mañana es Diwali, el festival más grande de India, el año nuevo para todos, y la calle está adornada con luces pobretonas, porque las ponen los comerciantes. Será explosivo y emocionante, como todo lo que organizan, además de endulzado con su pasión favorita: los pasteles y muñecos de azúcar. Sólo quedan los fuegos artificiales por explotar.
Veremos si mañana es una buena idea salir a la calle.


lunes, 24 de octubre de 2011

A LOS INDIOS LES PICAN LOS


COJONES. Siento la grosería, pero es la verdad. Resulta casi insufrible ver en todo momento el manoseo de las partes ingratas, sin reparo alguno.
Ahora, el gobierno indio pide que no haga pis en la calle. Da lo mismo. Todos a lo suyo, que es ponerse frente a la tapia y darle alivio a la vejiga. Las mujeres desconozco qué hacen, pero imagino que poco más o menos lo mismo.
Esa escena de andarse rascando el policía mientras te indica en qué dirección has de encaminarte, el del dependiente que saca telas del estante con una mano, mientras con la otra comprueba que sus cositas siguen ahí; el del taxista que con una mano te da el cambio y con la otra cuenta o mide lo que le arrastra; el camarero que se frota con fruición; el ciclista del rickshaw que parece que no tiene bastante con el roce del sillín; el santón que con una mano se toca la frente y con la otra la entrepierna... en fin, que todo tiene como remate el manoseo de sus partes.
Lo peor es el descaro. No hay intimidad, ni les importa nada que mires, que estés delante o que hablen contigo. Parece que el picor, escozor, dolores, frescores, incontinencia o lo que sea que pasa por entre los pliegues del cuerpo masculino es algo de dominio público.
No hay nada fuera de la visión ajena. Todo ocurre en la calle, y hasta las ratas se dejan fotografiar sin miedo.
Ah!, eso sí. El que no se manosea escupe en el rincón. En fin, el glamour de La India, un poco embarrado.
Mañana saldrá el sol, al otro lado de la nube de polución que no nos deja ver el sol.
Día feliz!

sábado, 22 de octubre de 2011

ANTES DE TODO LO QUE SIGUE.


He pasado por alto un viaje absurdo a Pushkar. Muchas prisas para llegar, paseo al atardecer después de haber perdido el aliento tratando de organizar un nuevo negocio a pie de camino, y paseo entre gente de esa que todos pensamos que hay en India: santones, yoguis, camellos, caballos, monos ladrones y pájaros exóticos.
Pushkar está como siempre, pero con más tiendas y el lago prácticamente rodeado de cafeterías que miran todas al centro, sin saber muy bien si en el último momento va a aparecer el monstruo del lago. Todo comercializado y pensado para la meditación de cómo hacer dinero a costa de los demás, pero es pequeño y recogido, y viniendo de las grandes urbes de India, es una especie de reposo en el jardín del guerrero.
Nos habríamos quedado a no ser por la Feria de artesanía de Delhi, pero los mosquitos y el absurdo aire acondicionado, nos dejó a pie de obra: fuera de Pushkar y en medio de estornudos y toses que nos provocan más gimnasia de cintura que alivio. Nada mortal, pero agota.
Lo de la Feria de Artesanía, inenarrable: todo interesa y no hay forma de decidir qué comprar. Venga a tomar té y café por cuenta de los vendedores, y así el sueño perdido entre facturas y cafeínas. Delhi revive por la noche, los trenes hacen sonar los pitos cuando entran en la ciudad, y se oyen desde el infinito. Los imanes les hacen la competencia, y mientras tanto, los periódicos cuentan cómo fotografían a Gadaffi inerte. Delicadeza en el tratamiento del cadáver, y mucho ejército en la calle, porque no se fía nadie de los de enfrente.
Todo un lío, mezclado y absurdo. Se acerca Diwali, el año nuevo para India que es el día 26. Todo son puestos de regalos, flores, velas olorosas, dioses de colorines, nuevos saris y nada que parezca angustioso. Es un placer pasear por las calles saltando charcos de agua sucia empapados en papel de periódico y platos de comida sin terminar, porque la alegría es generalizada. Diwali, sólo un día de fiesta, se celebra con cohetes, dulces y frutos secos. Lo pasaremos en Delhi, y mientras tanto, seguiremos pateando los lugares más insólitos para buscar bolsas en las que poner lo que unos regalarán a otros en España.
Mundo entrecruzado y hermoso, que no me cansa.

martes, 18 de octubre de 2011

TRANSPORTE (y 2)


No acabo de reconciliarme con la desaparición prácticamente total de las bicicletas en India. Es verdad que en las poblaciones más pequeñas siguen existiendo en cantidad, sobre todo siguen funcionando los ricksaw, pero en las ciudades la moto ha tomado la calle. Miles, cientos de miles circulan con los más extraños artilugios sobre la cabeza de los conductores. Se llevan la palma los sijs, que sobre el turbante se colocan gafas, pañuelo para la nariz y demás apósitos, como si con eso fueran a salvar la vida después del trastazo.
Pero lo más emocionante fue la escena de arriba: padre y sus seis hijos en la motocicleta. Sonrientes, encantados de verse fotografiados, y seguros de llegar a clase a primera hora.
Tras ellos el tipo que lleva los caramelos de azúcar en la bici, apilados como si fueran de piedra, o las mujeres adornadas con todo tipo de joyas y hacinadas en el carromato camino del mercado del martes en Jaipur, tuc-tuc con un hombre sentado que lleva en brazos a su motocicleta al taller, autobús rebosando gente desde la baca a las ventanillas, el que duerme sobre los ingentes montones de paja que lleva un carro arrastrado por elefantes...
En fin, la vida que pasa a todo trapo, mientras el chófer sólo pensaba en llegar a casa y ver cómo su mujer se había pintado las manos con henna. Le regalé flores para ella, y, efectivamente, a las 7 de la tarde, después de 12 horas de viaje, entraba en el hotel de Delhi.
Puntualidad británica y casi todos contentos.,


ELTRANSPORTE (MAS O MENOS) Capítulo 1


Hice un viaje de 12 horas (327 kilómetros) en coche desde Pushkar a Delhi. El mismo conductor de los mismos días, Verma, que se sintió crecido ante la soledad que le proporcionaba el silencio de la pasajera y que nadie le pedía que pusiera o quitara el aire acondicionado. Se paraba donde le daba la gana y me aseguró que a las 7 de la tarde estábamos en Delhi porque él tenía que estar con su mujer al día siguiente.
La carretera es inenarrable. Después de 37 años sigue igual, ahora con dos carriles de ir y venir todos por el mismo sitio, los mismos socavones, el mismo riesgo y la circulación infernal de camiones cargados con piedras imposibles de describir, animales de todo tipo, pick ups cargados hasta los topes de gente, y ese ir y venir en direcciones opuestas que te hacen sudar sangre.
Desde luego el claxon es imprescindible. Todo es un pitar desaforado, y las maniobras más increíbles se solucionan a golpe de bocinazos.
En medio de ese caos, en el que los camiones se alinearon a la izquierda durante más de 70 kilómetros, pensé que era una nueva forma de hacer carreteras en un pis pás. Se ponen todos en fila, y a la voz de ¡ya! tiran las arenas, piedras, gravas, asfaltos y demás asuntos y en un grito se han fabricado 70 kilómetros de carretera. Se me antoja una gran idea, porque no entiendo cómo en una autovía (?) puede haber camiones uno detrás de otro durante 70 kms.
Luego viene la fauna. Aparecen camellos, y al poco rato caballos, y todo empieza a parecerme normal.
Pero lo mejor es cuando aparece la gente. Esa gente que mira, ríe, y pide que le hagas una foto desde el coche. De esos, no sabría a quién elegir, y como casi todos los que pasan por tu vida, fueron una ráfaga y, a excepción de algunos, los demás se quedaron en la cámara como un golpe de viento.

sábado, 15 de octubre de 2011

DE LA REENCARNACIÓN Y OTRAS MENUDENCIAS


Estuve casi brillante haciendo la maleta y me traje al viaje un par de chanclas de las que regalan en los spa. No pesan, son de goma negra, y parece que se alteran poco.
Han sido la salvación para las duchas indias, esas en las que el cuarto de baño no tiene principio ni fin, existe siempre un cubo de agua con otro dentro, y una pequeña manguera de la que sale agua a chorro para asearse sálvese la parte correspondiente.
Las chanclas han resultado ser arma compartida imprescindible para no matarnos al circular por los cuartos de baño, que se empapan de arriba abajo, dado que la ingeniería, la arquitectura de interiores, o el cuidado por las cosas, aquí aún no tiene el merecido respeto.
A ellos creo que les importa poco. Como andan descalzos los pies se agarran firmemente al paramento y no resbalan.
Teniendo en cuenta que aquí todo merece el más sagrado de los respetos, las chanclas se me han antojado elemento de devoción, pero les he cogido miedo.
Me dio por pensar en su reencarnación futura, y he creído que la cosa se me podría volver en contra si decido conservarlas en gracia después del uso. Una posible reencarnación en un ser superior después de haber prestado los servicios correspondientes, me arruinarían la vida, porque si por ejemplo se reencarnan en Manolo's, ¿qué hago yo con tacones por La India?



JAIPUR Y EL SENTIDO DEL TIEMPO



Hemos estado en la "ciudad rosa" cinco días. Han sido agotadores, pero he visto tantas cosas raras, tantas cuevas de Alí Babá , que aún no lo puedo creer.
El hotel, recomendable al 100% a todos los que quieran ir a Jaipur y no gastar más de lo necesario, se llama Mandawa Haveli. Adosado a la muralla antigua de la ciudad hacia el exterior, es una residencia familiar construida en 1881 por algún arquitecto que figura escrito en sus muros, y resultó ser la vivienda de una familia de mucho postín de
la zona, cuyo cabeza alcanzó el rango de Rajá, con lo que no llegó a Maharajá, que es lo más.
El sujeto en cuestión vive, y lo hace conservado en alcohol.
Nosotras dos (y es entre otras muchas cosas por lo que nos soportamos viajando), padecemos de una enfermedad que se llama "horarios deslizantes" (diagnóstico de mi hermana Inmaculada). En román paladino viene a significar que hacemos lo que nos da la gana, cuando queremos.
Cuando los turistas están viendo las maravillas que les enseñan los guías y aprenden de los hábitos sexuales de los señores de los fortines, que es lo que los guías enseñan habitualmente, mientras ellos se informan, nosotras permanecemos en el hotel leyendo el periódico o decidiendo qué va a ser de nuestra mañana.
Los asistentes y camareros (por cientos a nuestro alrededor) se enfurecen y llaman a la habitación diciendo que somos las últimas para el desayuno y que lo quitan. Me pregunto si al primero le han puesto una medalla de las del Rajá o si nos van a condenar a pena de fregar el suelo (que falta le hace) por llegar las últimas. En fin, un despropósito que resulta llevadero porque al final por cien rupias matan, y esperan con los huevos scramble.
Una noche, cuando volvimos de las cuevas de Alí Babá, nos sentamos en el jardín a tratar de respirar. Se nos fue el tiempo, y los turistas del día siguiente se acostaron, cerraron la cocina y empezaron a merodear a nuestro alrededor los mismos de siempre. El dueño del hotel se sentó frente a nosotras y bebió algo que, al paso del tiempo le afectó y cuando se levantó para marcharse, se cayó al suelo como un trapito, pero lo más asombroso es que los empleados ni se inmutaron. Se llamaron los unos a los otros y el que estaba disfrazado de policía a la entrada y se tiraba a los pies del señor del castillo cuando entraba, se hizo con los despojos y los metió detrás de la recepción en un camastro, hasta la mañana siguiente.
Cristina suspiró hondo y dijo:" ¡ qué pena, tanto ¿para qué?! Menudo problema tienen. ¿Tú crees que podríamos ayudarle?." Menos mal que era de noche cerrada y me limité a levantarme diciendo que hacía frío, mientras por la espalda me circulaba agua a raudales.