Turquía - India 2011
jueves, 17 de noviembre de 2011
miércoles, 2 de noviembre de 2011
ELECTRICIDAD ( o algo así)







Ahora, que alguien me diga si hay o no luz en La India. ¿Que los métodos no son los apropiados? Desde luego que no. ¿Que el peligro lo invade todo? Por supuesto, ¿que el riesgo que corren es enorme? Pues claro que sí, pero el ingenio, la desidia, el desastre, y la locura generalizada compiten con la modernidad, el desarrollo y el salto a una nueva vida como pueden.
Los cables de la luz son tendederos, soportes de anuncios, muestrarios de plátanos... lo que se quiera. Además proporcionan luz tenue a las calles, cobijo a los pájaros y camino a los monos. Todo vale. El aspecto es lo de menos para ellos. Lo importante es que sirven (eso no lo parece), pero en medio del caos más terrible, de repente se enciende una luz y ahí está el que hace llaves de coches en seis minutos y por 40 rupias. Sin luz, nada de todo esto sería posible.
LAS APARIENCIAS

Una de las cosas que más trabajo cuesta aceptar de La India es aprender a ver lo que no está ante los ojos.
En el interior del mundo abigarrado que son las calles y edificios, que ahora han crecido de forma desmesurada, hay un submundo en el que la creación forma parte de la vida, y los hormigueros humanos son reales.
Miles de personas se hacinan bajo el nivel del suelo y ahí venden, trabajan, sufren, duermen, sueñan y pasan un día tras otro sin ver el sol e interpretándolo como pueden manejando hilos de oro, piedras semipreciosas, metales carísimos, y haciéndonos creer a los de fuera que están viendo lo que crean. La realidad es que lo que cae en nuestras manos es producto de sueños de ser ricos, ver la luz y hablar con las estrellas. Dehi cumple 100 años como capital del estado, y dicen que tiene que ser verde y hermosa. Lo es, pero no se ve.
La polución invade el espacio y esos ejércitos de seres que caminan con dirección fija hacia el fondo de la tierra, no tienen tiempo para mirar el cielo. Tampoco lo verían. Los 22 millones de habitantes de la ciudad tienen bastante con mirar al suelo, por si algo aparece y lo que sube al cielo, es cosa de otro día. La sensación de empanada, de pasta de sentimientos, de no entender nada de lo que pasa alrededor, se acrecienta con los días. Frente a espectaculares hoteles se hacinan hambrientos que esperan a vaciar los cubos de la basura, gente que pelea por un saco de plástico o el que mata por una manzana que no está podrida del todo. Harapientos, abandonados a su suerte, enfermos, maltrechos y envenenados de odio, porque cuando miran hacia arriba, resulta que hay un mundo distinto al que ellos no tienen derecho, y no saben la razón. Olores putrefactos, suciedad por todas partes, calles que terminan de repente en un barrizal infecto, y diez minutos en rickshaw más allá, el espectacular campo de golf de Delhi, al que han iluminado con setas de lámparas de led que hacen de la noche el día. El zarrapastroso que arrastra un saco lleno de papeles sucios, mira desde lejos y piensa que ese no es su mundo. Yo, que miraba al desgraciado, pensé que tampoco era el mío, pero estaba más cerca de ese mundo que ese otro de cloacas.
Las apariencias no sirven para nada en Delhi. El pobre es más rico, el rico no sabe que existen los pobres, los sótanos están invadidos de gente, la calle es sólo para los coches, las motos han desplazado a las bicicletas y el ayuntamiento alquila bicis para que la gente vuelva a usarlas.
Nada es lo que parece. Incluso el blanco de mi camisa ha dejado de serlo a cambio de un gris indefinido, el negro de los pantalones es pardo, y todo huele a curry. Delhi todo lo cambia.
martes, 25 de octubre de 2011
DELHI, la vieja y la nueva.

Este año cumple 100 como capital de India. Han tirado la casa por la ventana y Delhi está hermosa. Desde el jardín más cuidado hasta el bazar más escondido, Delhi ofrece sorpresas imposibles de descubrir en una estancia, por larga que parezca.
Los periódicos, hermosos ejemplares de prensa centenaria actualizados a fuerza de comportamientos indeseables de sus políticos, la discusión por la libertad de expresión o la autorregulación de los periodistas, estos preciosos periódicos publican fotografías de cuando la ciudad era un barrizal en el que sólo los rickshaw a pedales permitían a la gente circular por los espacios no invadidos por

elefantes o cabras. Hoy está llena de zonas ajardinadas invadidas por personajes que deciden vivir sólo bajo el turbante, o familias que hacen de la limosna su medio de existencia. En la parte nueva han desaparecido los pedigüeños, y en la zona vieja, no hay sitio para darse cuenta de quién pide, o de quién ofrece, porque los aspectos se confunden, y ahora te sigue de cerca el que da y el que pide. Dicen los periódicos que tiene 21,7 millones de habitantes, y que es la más poblada de India. Creo que tienen razón, porque la gente sale por todas partes, y si me da por anotar lo que se gasta uno en propinas, se me acaba la tinta del bolígrafo.
De todos modos, en medio de esta modernidad amable que ofrece la ciudad, sigue existiendo el amor a la tradición, y un abogado preso de nervios ha ofrecido su babero de profesional enlazado a un billete de diez rupias y lo ha clavado a un baobab, el árbol sagrado por excelencia, que crece en medio del mercado más conocido por los extranjeros: Khan Market.
Mañana es Diwali, el festival más grande de India, el año nuevo para todos, y la calle está adornada con luces pobretonas, porque las ponen los comerciantes. Será explosivo y emocionante, como todo lo que organizan, además de endulzado con su pasión favorita: los pasteles y muñecos de azúcar. Sólo quedan los fuegos artificiales por explotar.
Veremos si mañana es una buena idea salir a la calle.
lunes, 24 de octubre de 2011
A LOS INDIOS LES PICAN LOS

COJONES. Siento la grosería, pero es la verdad. Resulta casi insufrible ver en todo momento el manoseo de las partes ingratas, sin reparo alguno.
Ahora, el gobierno indio pide que no haga pis en la calle. Da lo mismo. Todos a lo suyo, que es ponerse frente a la tapia y darle alivio a la vejiga. Las mujeres desconozco qué hacen, pero imagino que poco más o menos lo mismo.
Esa escena de andarse rascando el policía mientras te indica en qué dirección has de encaminarte, el del dependiente que saca telas del estante con una mano, mientras con la otra comprueba que sus cositas siguen ahí; el del taxista que con una mano te da el cambio y con la otra cuenta o mide lo que le arrastra; el camarero que se frota con fruición; el ciclista del rickshaw que parece que no tiene bastante con el roce del sillín; el santón que con una mano se toca la frente y con la otra la entrepierna... en fin, que todo tiene como remate el manoseo de sus partes.
Lo peor es el descaro. No hay intimidad, ni les importa nada que mires, que estés delante o que hablen contigo. Parece que el picor, escozor, dolores, frescores, incontinencia o lo que sea que pasa por entre los pliegues del cuerpo masculino es algo de dominio público.
No hay nada fuera de la visión ajena. Todo ocurre en la calle, y hasta las ratas se dejan fotografiar sin miedo.
Ah!, eso sí. El que no se manosea escupe en el rincón. En fin, el glamour de La India, un poco embarrado.
Mañana saldrá el sol, al otro lado de la nube de polución que no nos deja ver el sol.
Día feliz!
sábado, 22 de octubre de 2011
ANTES DE TODO LO QUE SIGUE.

He pasado por alto un viaje absurdo a Pushkar. Muchas prisas para llegar, paseo al atardecer después de haber perdido el aliento tratando de organizar un nuevo negocio a pie de camino, y paseo entre gente de esa que todos pensamos que hay en India: santones, yoguis, camellos, caballos, monos ladrones y pájaros exóticos.
Pushkar está como siempre, pero con más tiendas y el lago prácticamente rodeado de cafeterías que miran todas al centro, sin saber muy bien si en el último momento va a aparecer el monstruo del lago. Todo comercializado y pensado para la meditación de cómo hacer dinero a costa de los demás, pero es pequeño y recogido, y viniendo de las grandes urbes de India, es una especie de reposo en el jardín del guerrero.
Nos habríamos quedado a no ser por la Feria de artesanía de Delhi, pero los mosquitos y el absurdo aire acondicionado, nos dejó a pie de obra: fuera de Pushkar y en medio de estornudos y toses que nos provocan más gimnasia de cintura que alivio. Nada mortal, pero agota.
Lo de la Feria de Artesanía, inenarrable: todo interesa y no hay forma de decidir qué comprar. Venga a tomar té y café por cuenta de los vendedores, y así el sueño perdido entre facturas y cafeínas. Delhi revive por la noche, los trenes hacen sonar los pitos cuando entran en la ciudad, y se oyen desde el infinito. Los imanes les hacen la competencia, y mientras tanto, los periódicos cuentan cómo fotografían a Gadaffi inerte. Delicadeza en el tratamiento del cadáver, y mucho ejército en la calle, porque no se fía nadie de los de enfrente.
Todo un lío, mezclado y absurdo. Se acerca Diwali, el año nuevo para India que es el día 26. Todo son puestos de regalos, flores, velas olorosas, dioses de colorines, nuevos saris y nada que parezca angustioso. Es un placer pasear por las calles saltando charcos de agua sucia empapados en papel de periódico y platos de comida sin terminar, porque la alegría es generalizada. Diwali, sólo un día de fiesta, se celebra con cohetes, dulces y frutos secos. Lo pasaremos en Delhi, y mientras tanto, seguiremos pateando los lugares más insólitos para buscar bolsas en las que poner lo que unos regalarán a otros en España.
Mundo entrecruzado y hermoso, que no me cansa.
martes, 18 de octubre de 2011
TRANSPORTE (y 2)

No acabo de reconciliarme con la desaparición prácticamente total de las bicicletas en India. Es verdad que en las poblaciones más pequeñas siguen existiendo en cantidad, sobre todo siguen funcionando los ricksaw, pero en las ciudades la moto ha tomado la calle. Miles, cientos de miles circulan con los más extraños artilugios sobre la cabeza de los conductores. Se llevan la palma los sijs, que sobre el turbante se colocan gafas, pañuelo para la nariz y demás apósitos, como si con eso fueran a salvar la vida después del trastazo.
Pero lo más emocionante fue la escena de arriba: padre y sus seis hijos en la motocicleta. Sonrientes, encantados de verse fotografiados, y seguros de llegar a clase a primera hora.
Tras ellos el tipo que lleva los caramelos de azúcar en la bici, apilados como si fueran de piedra, o las mujeres adornadas con todo tipo de joyas y hacinadas en el carromato camino del mercado del martes en Jaipur, tuc-tuc con un hombre sentado que lleva en brazos a su motocicleta al taller, autobús rebosando gente desde la baca a las ventanillas, el que duerme sobre los ingentes montones de paja que lleva un carro arrastrado por elefantes...
En fin, la vida que pasa a todo trapo, mientras el chófer sólo pensaba en llegar a casa y ver cómo su mujer se había pintado las manos con henna. Le regalé flores para ella, y, efectivamente, a las 7 de la tarde, después de 12 horas de viaje, entraba en el hotel de Delhi.
Puntualidad británica y casi todos contentos.,
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