martes, 27 de septiembre de 2011

Han pasado muchos días sin poder escribir. Sin un momento para el sosiego, porque hemos recorrido una y mil veces los lugares de Estambul que nos parecía que pudieran ser interesantes para comprar. Al final nos damos cuenta de que eso de la globalización es verdad, que Estambul se ha rendido en brazos de los avances de estos tiempos, y que la vida, a pesar de ser complicada para esa pila de millones que se encargan de ocupar cualquier rincón de la ciudad, empieza a transformarse en algo más parecido a Europa que a los otros dos continentes que abraza.
Se mire desde donde se mire, la verdad es la ciudad es hermosa. La gente la pasea como si sólo se tratara del paraíso de la compra, pero la verdad es que emociona.
Es lastimoso ver cómo se han ido comiendo las ruinas, los trozos de muralla que la cerraban y los barrios de casas de madera coloreadas.
Sigue le mercado de las palomas, la basílica de Santa Sofía, el Pantocrator, la Virgen, los apóstoles, las cenas y cuchipandas de los santos que, como nosotros, se sentaban en torno a la mesa a discutir sobre el origen y el final de la vida y seguro que ponían a escurrir a los políticos de turno.
Se siguen viendo las tiendas que venden los vestidos para la circuncisión masculina (esos horribles uniformes de machitos vestidos con capa revestida de plumas, gorra quepis, espada, calzas, zapatos de charol), y un pañuelo en el bolsillo para recoger las lágrimas del inocente, que nada sabe de lo que le va a pasar hasta que le hinchen los carrillos de retorcérselos, porque a partir de ese día puede con todo, y será un hombrecito. Aparatosas las tiendas como las de las bodas, con una cama cubierta de colcha al revuelo de rizadas cintas de poliéster, como si los novios quedaran metidos en el fondo de un baño de espuma. Tremendos artilugios como cajones de fotógrafo, donde las novias portan los maquillajes, y que cuando los abres piensas que hay alguien enterrado, con sus ojitos cerrados, las manos sobre el pecho y vestido con las mejores galas.
Un paso más allá los innumerables modelos de ropa interior: calzas, calzones, calzoncillos, sujetadores, pijamas, camisones de franela, de batista, de poliéster, de mezcla, de color, sólo negros, con Mickey Mouse para la abuela, con Supermán para el abuelo, recatados, descocados, deshabillés impensables bajo el burka que alza las manos para desenganchar la percha y comprobar la calidad del material transparente, como si hubiera decidido que hasta ahí había llegado su prisión, y que cambiaba el burka por el modelito (que no sé muy bien si no se trata de lo mismo, pero en fin, ahí lo dejo)
He comprado cuerda de yute, un manojo de dos kilos de rafia natural, envases de caña, cestos, alfombras de algodón... todo lo que me gusta y que no me puedo resistir a ello. Ahora sueño con una furgoneta para no tener que pelear de la forma en la que lo he hecho con los de Correos (PTT) en Turquía.
Esa limpieza que todo lo domina, se ha trasladado a la rigurosidad del funcionario, que nos hizo deshacer una caja por exceder unos gramos de los 20 kilos de rigor. Nada, buena cara y volver a hacer el trabajo. Tranquilidad y buenos alimentos, y ¡mira por dónde!, cuando estábamos a punto de terminar la función del envío de las compras, bañadas en sudor, deshechas de nervios y sin ganas de otra cosa que no fuera llorar; cuando terminamos y dejamos las cajas sobre la balanza para la factura final....
¡¡¡¡ la oficina se cierra porque se tienen que ir a comer!!!! No lo podía creer.
Un afable funcionario, con cara de ser descendiente directo de Attaturk, se pone a comentar una circular con el compañero, y hace como que no se ha dado cuenta de la hora, y nos atiende.
Nos deshicimos en elogios acerca de su comportamiento, de lo que nos habían ayudado, e incluso le lanzamos una cita prevaricadora en Madrid. Da igual. Los paquetes han salido.

miércoles, 21 de septiembre de 2011

22 de septiembre. Ha llovido.

Anoche ha entrado una gata por la ventana de la habitación, y estando dormida me ha saltado en el pecho. Casi me muero del susto o de la taquicardia posterior. Hubiera preferido un perro, porque los gatos me dan miedo. Noche toledana, como se puede imaginar, y Cristina medio dormida ha hecho de torero aguerrido y con una almohada por delante ha sacado a esa especie de tigretón de la habitación. A los quince minutos después de haber recuperado la cordura y apagadas las luces de nuevo, el felino se ha colado por la reja del baño, y empezó a maullar hasta que de nuevo la heroína de la noche le abre amablemente la puerta y le dice que se vaya con los otros inquilinos, que ya la habíamos disfrutado bastante. Yo permanecí encogida hasta que pasó el peligro, o me rindió el sueño, que no sé cuál ha sido lo primero.
En el desayuno nos han dicho que es la reinona de la casa esa gata espantosa, que además está preñada y ronronea por donde le place.
La terraza del hotel es soberbia. En pleno corazón del Sultanhamet, al pie de una mezquita y con el Bósforo al fondo, se hace escaso el momento de tomar un café y salir pitando, porque todo el mundo sle corriendo. Nosotras salimos a las 12, porque negocios que no te permiten hacer eso, ni son negocios ni son ná de ná.
Jornada dedicada al transporte y a la "Poste". Los kilos empiezan a preocupar y hay que mandar cosas. Courier, Cargo, Correos... lo mejor es Correos. Elegante oficina presidida por el impenitente retrato de Ataturk. Funcionaria estupenda que nos manda a otra ventanilla, y desde allí a otra oficina, llena de hombretones ansiosos por atendernos cuando ya hubieran pasado las dos docenas que aguardaban su falta operatividad. Cristina les pregunta por encima de todos, y responden al alimón. Los que no saben inglés asienten y miran con benevolencia que se haya colado por el morro. Yo, mientras tanto, me hago con una bandera de Turquía que está pegada en la pared, porque ellos también se dedican a venderlas, y no hay mejor cosa que poder decir que has hecho negocios con ganancia con un turco.
Vendedor de banderas en Haren. Mercado el 20.9.2011

Me ha fascinado siempre esa costumbre de vender banderas por la calle. El famoso Attaturk, al que adoran, hizo de la bandera la muestra de la unidad patria, y aunque hayan tenido (y sigan) sus más y menos con los Kurdos, la bandera ha podido con todo, e imagino que es un negocio rentable porque sigue habiendo hombres a cada paso que por muy poco dinero te proporcionan una del tamaño que desees.
Hemos buscado lino, sin mucha éxito, y camisas de caballero, y pulseras, y sortijas, y camisetas... todo sirve para todos, y resulta cansado, pero es verdad que los olores nuevos, los sabores de cocina casera, la variopinta presencia de la gente en la calle: porteadores, vendedores de todo tipo, pocas mujeres pero con ganas de vivir, te contagia energía y el cansancio de días anteriores se va diluyendo.

Estambul rezuma vida, y conviene seguirle el paso.

martes, 20 de septiembre de 2011

EN ESTAMBUL HACE UN DÍA

Vuelo tranquilo. Sólo dos horas de retraso y mucho frío en el avión a ratos. Comida abundante que no me comí, y contemplación atónita del fenómeno que ocurre sin poder detenerlo: cuando el avión aterriza el pasaje se levanta a todo correr y forman una cola impresionante en el pasillo del avión, con abrigos puestos, bolsos rescatados y teléfonos humeantes. Puertas cerradas y todos quietos en silencio. Yo dejo paso al que va en ventanilla (siempre me toca ir en el centro y no me importa), y espero que se abran las puertas y todos se bajen, con asombro de la tripulación que comparte ese hacer de sus esclavos durante cuatro horas. Estoy tratando de buscar financiación para elaborar un estudio sobre la materia, y en cuanto llegue a resultados, lo publicaré.
Any way.
Estambul está precioso. Llegamos al hotel que había reservado: MAVIKONAK APARTMENTS, y había que subir tres pisos sin ascensor. Nuestras maletas "oficialmente" pesaban 52 kilos, más las de cabina y esos bolsos "de mano" que me gasto cuando viajo. Cuando llegué al cuartucho echaba hilillos de pulmón por la boca. Una cama y un sofá. Abro el sofá, traen sábanas y nos vamos a la calle para buscar dónde dormir el día siguiente.
Ducha mugrienta, no hay desayuno y no se pude tocar nada porque te pegas. ¡Un horror!, pero dormimos a cubierto.
(Ya publicaré foto del lugar porque no sé cómo sacarla de donde está)

Antes de volver a subir al gallinero, cenamos en el restaurante adjunto. Coqueto, moderno, mal servido, pero con una excelente cocina. La dueña vigilando sin parar pitillo en ristre, y digna de ser observada. Dos trenzas se desparramaban a ambos lados de la cara, grises, del mismo color de la falda y la chaqueta, y a trozos blancas como la blusa que combinaba con los calcetines. Saludaba y besaba como novia arrepentida de la ceremonia, y parecía como si la cosa no fuera con ella.
Paseamos por Stilaki y en taxi fuimos a buscar un nuevo hotel (desde donde escribo) para cambiar enseguida.
Cristina recordaba el último en el que estuvo, y aquí nos tenéis. Hemos mejorado notablemente, y el día ha sido fructífero de verdad. Pero eso es para mañana, porque Cristina me come y duerme muy bien, y estoy dándole la paliza con el tecleteo del ordenador.
Antes de apagar. Estambul estresa. Los autobuses van a toda velocidad, los camareros te ponen las cosas por delante y por detrás ¡tris-trás!, los taxis compiten en las circunvalaciones o se meten por huecos inverosímiles, y los almohecines gritan como en ningún sitio he oído para llamar a la oración a este pueblo enloquecido, que se ha puesto las pilas, y ha decidido vivir en Europa siendo miembro de la Comunidad Europea. Todo está tan limpio como irreconocible. El orden campa por sus respetos. La policía cubre todos los flancos, y o echas a correr, o llegas tarde sin saber a dónde ni quién te espera.
El tranvía, los taxis, mini-bus, barco... todo lo hemos cogido hoy, y ha sido agotador, porque hemos ido corriendo a todas partes sin tener prisa para nada.
Mañana más carreras imagino, pero antes de nada me daré el placer de desayunar esos hojaldres que hacen aquí, que no tienen precio. A vuestra salud.

domingo, 18 de septiembre de 2011

Estoy todavía en España. No puedo creer que vaya a salir volando dentro de unas horas, porque aún me cuelgan los esperpénticos deberes que he ido dejando para hacer un día tras otro. Claro que todo se me acumula como si padeciera sin saberlo el Síndrome de Diógenes, ese que dicen que guardaba porquerías para no me acuerdo qué cosa.
Reconozco que estoy cansada por primera vez en muchos días y además huelo mal porque estoy furiosa, y como los perros cuando tienen miedo, exhalo cosas raras, de esas del síndrome de Diógenes, del de las porquerías, que filtradas a través de los poros emiten un perfume insoportable.
Mañana es el día y saldré con la intención de ver todo lo que esté al paso.
Los aeropuertos, donde la espera es el arma común para volar, son un buen sitio para contar cosas. Tengo el firme propósito de hacerlo, porque además llevo mucho tiempo sin escribir y los dedos se me están anquilosando. No digo ya la cabeza, donde las ideas bullen porque no hay sitio para tanto. Tengo que limpiar el hueco de los recuerdos para ir acumulando más.
Casi es mañana. Voy a dejar el blog y seguir con la burocracia.


Celia y Pierre en Agosto 2011 en casa. Se vienen en mi corazón.


viernes, 16 de septiembre de 2011

ANTES DE SALIR

No es fácil arrancar. Todo está patas arriba y huele a gasolina a mi alrededor.
Tantos días haciendo cosas, y cuando llega el momento de arrancar resulta que se quedan más cosas pendientes que terminadas, pero es lo normal, no pasa nada porque la distancia lo va a arreglar todo.
Me voy lejos a mirar, fotografiar, ver cosas raras, saber de otros, comer lo que me sienta mal y charlar sin parar con Cristina, con la que nunca se acaban los temas.
Compraré, regatearé (no lo soporto) y pasearé por los museos en los que todo me inspiran historias que tengo que contar.
Voy a aprovechar, y si soy capaz de manejar este blog, contaré lo que está a mi paso a quien me quiera leer.
De momento, esto está en Gibraltar.