Han pasado muchos días sin poder escribir. Sin un momento para el sosiego, porque hemos recorrido una y mil veces los lugares de Estambul que nos parecía que pudieran ser interesantes para comprar. Al final nos damos cuenta de que eso de la globalización es verdad, que Estambul se ha rendido en brazos de los avances de estos tiempos, y que la vida, a pesar de ser complicada para esa pila de millones que se encargan de ocupar cualquier rincón de la ciudad, empieza a transformarse en algo más parecido a Europa que a los otros dos continentes que abraza.
Se mire desde donde se mire, la verdad es la ciudad es hermosa. La gente la pasea como si sólo se tratara del paraíso de la compra, pero la verdad es que emociona.
Es lastimoso ver cómo se han ido comiendo las ruinas, los trozos de muralla que la cerraban y los barrios de casas de madera coloreadas.
Sigue le mercado de las palomas, la basílica de Santa Sofía, el Pantocrator, la Virgen, los apóstoles, las cenas y cuchipandas de los santos que, como nosotros, se sentaban en torno a la mesa a discutir sobre el origen y el final de la vida y seguro que ponían a escurrir a los políticos de turno.
Se siguen viendo las tiendas que venden los vestidos para la circuncisión masculina (esos horribles uniformes de machitos vestidos con capa revestida de plumas, gorra quepis, espada, calzas, zapatos de charol), y un pañuelo en el bolsillo para recoger las lágrimas del inocente, que nada sabe de lo que le va a pasar hasta que le hinchen los carrillos de retorcérselos, porque a partir de ese día puede con todo, y será un hombrecito. Aparatosas las tiendas como las de las bodas, con una cama cubierta de colcha al revuelo de rizadas cintas de poliéster, como si los novios quedaran metidos en el fondo de un baño de espuma. Tremendos artilugios como cajones de fotógrafo, donde las novias portan los maquillajes, y que cuando los abres piensas que hay alguien enterrado, con sus ojitos cerrados, las manos sobre el pecho y vestido con las mejores galas.
Un paso más allá los innumerables modelos de ropa interior: calzas, calzones, calzoncillos, sujetadores, pijamas, camisones de franela, de batista, de poliéster, de mezcla, de color, sólo negros, con Mickey Mouse para la abuela, con Supermán para el abuelo, recatados, descocados, deshabillés impensables bajo el burka que alza las manos para desenganchar la percha y comprobar la calidad del material transparente, como si hubiera decidido que hasta ahí había llegado su prisión, y que cambiaba el burka por el modelito (que no sé muy bien si no se trata de lo mismo, pero en fin, ahí lo dejo)
He comprado cuerda de yute, un manojo de dos kilos de rafia natural, envases de caña, cestos, alfombras de algodón... todo lo que me gusta y que no me puedo resistir a ello. Ahora sueño con una furgoneta para no tener que pelear de la forma en la que lo he hecho con los de Correos (PTT) en Turquía.
Esa limpieza que todo lo domina, se ha trasladado a la rigurosidad del funcionario, que nos hizo deshacer una caja por exceder unos gramos de los 20 kilos de rigor. Nada, buena cara y volver a hacer el trabajo. Tranquilidad y buenos alimentos, y ¡mira por dónde!, cuando estábamos a punto de terminar la función del envío de las compras, bañadas en sudor, deshechas de nervios y sin ganas de otra cosa que no fuera llorar; cuando terminamos y dejamos las cajas sobre la balanza para la factura final....
¡¡¡¡ la oficina se cierra porque se tienen que ir a comer!!!! No lo podía creer.
Un afable funcionario, con cara de ser descendiente directo de Attaturk, se pone a comentar una circular con el compañero, y hace como que no se ha dado cuenta de la hora, y nos atiende.
Nos deshicimos en elogios acerca de su comportamiento, de lo que nos habían ayudado, e incluso le lanzamos una cita prevaricadora en Madrid. Da igual. Los paquetes han salido.
Se mire desde donde se mire, la verdad es la ciudad es hermosa. La gente la pasea como si sólo se tratara del paraíso de la compra, pero la verdad es que emociona.
Es lastimoso ver cómo se han ido comiendo las ruinas, los trozos de muralla que la cerraban y los barrios de casas de madera coloreadas.
Sigue le mercado de las palomas, la basílica de Santa Sofía, el Pantocrator, la Virgen, los apóstoles, las cenas y cuchipandas de los santos que, como nosotros, se sentaban en torno a la mesa a discutir sobre el origen y el final de la vida y seguro que ponían a escurrir a los políticos de turno.
Se siguen viendo las tiendas que venden los vestidos para la circuncisión masculina (esos horribles uniformes de machitos vestidos con capa revestida de plumas, gorra quepis, espada, calzas, zapatos de charol), y un pañuelo en el bolsillo para recoger las lágrimas del inocente, que nada sabe de lo que le va a pasar hasta que le hinchen los carrillos de retorcérselos, porque a partir de ese día puede con todo, y será un hombrecito. Aparatosas las tiendas como las de las bodas, con una cama cubierta de colcha al revuelo de rizadas cintas de poliéster, como si los novios quedaran metidos en el fondo de un baño de espuma. Tremendos artilugios como cajones de fotógrafo, donde las novias portan los maquillajes, y que cuando los abres piensas que hay alguien enterrado, con sus ojitos cerrados, las manos sobre el pecho y vestido con las mejores galas.
Un paso más allá los innumerables modelos de ropa interior: calzas, calzones, calzoncillos, sujetadores, pijamas, camisones de franela, de batista, de poliéster, de mezcla, de color, sólo negros, con Mickey Mouse para la abuela, con Supermán para el abuelo, recatados, descocados, deshabillés impensables bajo el burka que alza las manos para desenganchar la percha y comprobar la calidad del material transparente, como si hubiera decidido que hasta ahí había llegado su prisión, y que cambiaba el burka por el modelito (que no sé muy bien si no se trata de lo mismo, pero en fin, ahí lo dejo)
He comprado cuerda de yute, un manojo de dos kilos de rafia natural, envases de caña, cestos, alfombras de algodón... todo lo que me gusta y que no me puedo resistir a ello. Ahora sueño con una furgoneta para no tener que pelear de la forma en la que lo he hecho con los de Correos (PTT) en Turquía.
Esa limpieza que todo lo domina, se ha trasladado a la rigurosidad del funcionario, que nos hizo deshacer una caja por exceder unos gramos de los 20 kilos de rigor. Nada, buena cara y volver a hacer el trabajo. Tranquilidad y buenos alimentos, y ¡mira por dónde!, cuando estábamos a punto de terminar la función del envío de las compras, bañadas en sudor, deshechas de nervios y sin ganas de otra cosa que no fuera llorar; cuando terminamos y dejamos las cajas sobre la balanza para la factura final....
¡¡¡¡ la oficina se cierra porque se tienen que ir a comer!!!! No lo podía creer.
Un afable funcionario, con cara de ser descendiente directo de Attaturk, se pone a comentar una circular con el compañero, y hace como que no se ha dado cuenta de la hora, y nos atiende.
Nos deshicimos en elogios acerca de su comportamiento, de lo que nos habían ayudado, e incluso le lanzamos una cita prevaricadora en Madrid. Da igual. Los paquetes han salido.

