miércoles, 2 de noviembre de 2011

ELECTRICIDAD ( o algo así)








Ahora, que alguien me diga si hay o no luz en La India. ¿Que los métodos no son los apropiados? Desde luego que no. ¿Que el peligro lo invade todo? Por supuesto, ¿que el riesgo que corren es enorme? Pues claro que sí, pero el ingenio, la desidia, el desastre, y la locura generalizada compiten con la modernidad, el desarrollo y el salto a una nueva vida como pueden.
Los cables de la luz son tendederos, soportes de anuncios, muestrarios de plátanos... lo que se quiera. Además proporcionan luz tenue a las calles, cobijo a los pájaros y camino a los monos. Todo vale. El aspecto es lo de menos para ellos. Lo importante es que sirven (eso no lo parece), pero en medio del caos más terrible, de repente se enciende una luz y ahí está el que hace llaves de coches en seis minutos y por 40 rupias. Sin luz, nada de todo esto sería posible.

LAS APARIENCIAS


Una de las cosas que más trabajo cuesta aceptar de La India es aprender a ver lo que no está ante los ojos.
En el interior del mundo abigarrado que son las calles y edificios, que ahora han crecido de forma desmesurada, hay un submundo en el que la creación forma parte de la vida, y los hormigueros humanos son reales.
Miles de personas se hacinan bajo el nivel del suelo y ahí venden, trabajan, sufren, duermen, sueñan y pasan un día tras otro sin ver el sol e interpretándolo como pueden manejando hilos de oro, piedras semipreciosas, metales carísimos, y haciéndonos creer a los de fuera que están viendo lo que crean. La realidad es que lo que cae en nuestras manos es producto de sueños de ser ricos, ver la luz y hablar con las estrellas. Dehi cumple 100 años como capital del estado, y dicen que tiene que ser verde y hermosa. Lo es, pero no se ve.
La polución invade el espacio y esos ejércitos de seres que caminan con dirección fija hacia el fondo de la tierra, no tienen tiempo para mirar el cielo. Tampoco lo verían. Los 22 millones de habitantes de la ciudad tienen bastante con mirar al suelo, por si algo aparece y lo que sube al cielo, es cosa de otro día.
La sensación de empanada, de pasta de sentimientos, de no entender nada de lo que pasa alrededor, se acrecienta con los días. Frente a espectaculares hoteles se hacinan hambrientos que esperan a vaciar los cubos de la basura, gente que pelea por un saco de plástico o el que mata por una manzana que no está podrida del todo. Harapientos, abandonados a su suerte, enfermos, maltrechos y envenenados de odio, porque cuando miran hacia arriba, resulta que hay un mundo distinto al que ellos no tienen derecho, y no saben la razón. Olores putrefactos, suciedad por todas partes, calles que terminan de repente en un barrizal infecto, y diez minutos en rickshaw más allá, el espectacular campo de golf de Delhi, al que han iluminado con setas de lámparas de led que hacen de la noche el día. El zarrapastroso que arrastra un saco lleno de papeles sucios, mira desde lejos y piensa que ese no es su mundo. Yo, que miraba al desgraciado, pensé que tampoco era el mío, pero estaba más cerca de ese mundo que ese otro de cloacas.
Las apariencias no sirven para nada en Delhi. El pobre es más rico, el rico no sabe que existen los pobres, los sótanos están invadidos de gente, la calle es sólo para los coches, las motos han desplazado a las bicicletas y el ayuntamiento alquila bicis para que la gente vuelva a usarlas.
Nada es lo que parece. Incluso el blanco de mi camisa ha dejado de serlo a cambio de un gris indefinido, el negro de los pantalones es pardo, y todo huele a curry. Delhi todo lo cambia.